De camino hacia la Tercera República socialista 2021-03-03 - J.L. Domínguez
Como cada día desayuno con las noticias de la mañana como fondo sonoro, sin una atención especial, sazonadas con la desconfianza y escepticismo provocados por la manipulación continua y generalizada de los medios de comunicación. Se ha convertido ya en un hábito automático el discriminar los hechos objetivos del mensaje ideológico que los acompaña, labor simple y compleja al mismo tiempo. Sólo una sólida formación y un espíritu crítico ejercitado a lo largo de los años permiten separar el grano de la paja, tamizando la verdad y desnudando la mentira. La población general, ya totalmente narcotizada por la alienación constante a la que es sometida, y castrada su capacidad crítica, asume como cierto aquello que los grandes medios le reiteran de forma unánime y sin posiciones discordantes.
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El deterioro de la política española es de tal envergadura que inevitablemente conduce al desánimo y al desastre cierto, reafirmado por un horizonte a la vista carente de perspectivas de cambio. Para afrontar la mayor crisis sanitaria del último siglo se encuentra el peor gobierno imaginable. Las consecuencias económicas y sociales pueden llegar a ser similares a las de un conflicto bélico, aunque, de momento y afortunadamente, incruento. La credibilidad de la clase política es nula, después de todo un rosario de contradicciones. Las mentiras son la moneda corriente, sostenidas con el mayor cinismo, justificadas y aplaudidas incluso por los medios de comunicación que siguen la corriente oficial, sin atreverse a manifestar ni las más matizadas críticas ante la avalancha de descalificaciones que cae sobre quien osa salirse del guion establecido.
Los debates televisivos ofrecen una visión monocorde de la sociedad, marcados por un sesgo donde solo tiene cabida la perspectiva llamada de progreso. La sociedad se ve hurtada del debate de opiniones contrapuestas que pudieran hacerle pensar en alternativas, informándole y formándole para que su participación democrática fuera auténticamente responsable. La corriente progre dominante va imponiendo sin freno su ideología a una ciudadanía confiada en los medios de comunicación, e ignorante de las consecuencias a medio y largo plazo de las políticas suicidas que preconiza, y que irresponsablemente apoya con sus votos.
A la vista de este panorama desolador podría concluirse que el liberalismo ha perdido la batalla ideológica frente al socialismo. La posición liberal, defensora del individuo y su libertad, de la propiedad privada y su derecho al progreso personal basado en el esfuerzo y el mérito, habría sucumbido frente al conformismo igualitario, el desgobierno del Estado y el reparto injusto y partidista de una riqueza que pronto dejará de existir como fruto de la ideología socialista y comunista. Son tantos los obstáculos a la libertad de expresión real, por la manipulación de los medios de comunicación, que explicarían el auge del socialismo frente al ideario liberal. Si esto fuera así, solo cabe esperar al desastre final, que sin duda se producirá, para renacer de las cenizas y despertar de la pesadilla socialista con nuevos bríos, reeditando el resurgir de los países del Este europeo sometidos durante décadas a la dictadura del proletariado. Lamentablemente, para que esa reacción se produzca habrá sido preciso llegar al fondo del pozo, al empobrecimiento general, falta de libertad, corrupción, degradación de valores, injusticias aberrantes y violencia. Será el momento de pagar el pesado precio por los años de derroche irresponsable, de desmotivación del esfuerzo y el mérito y del igualitarismo absurdo, irreal y antinatural. Solo los mediocres se escudan en la defensa de la igualdad para medrar a costa de las masas alienadas.
La crisis nacional también ha afectado a mi estado de ánimo. Llevo meses sin escribir sobre los problemas sociales que considero de relevancia para el desarrollo de nuestra sociedad en paz, respeto, progreso y libertad. El pesimismo sobre nuestro futuro inmediato y la ausencia de soluciones a corto plazo han minado mi moral y sembrado el desánimo. Lo que hoy ha despertado de mi letargo emocional ha sido una noticia intrascendente. Las infantas Elena y Cristina se han vacunado en Abu Dhabi contra el covid-19. La crítica ha sido unánime por la falta de ejemplaridad de la “familia real”, aprovechando, una vez más, para recordar las otras tropelías cometidas por el rey emérito en un claro ejercicio de corrosión de los cimientos de la monarquía.
Vaya por delante que mi sentimiento, en una concepción teórica, es claramente republicano, como creo que sería lo normal en cualquier persona con una formación académica y un conocimiento objetivo de la historia y de la ciencia política. El hecho de que la jefatura del Estado sea hereditaria es algo que chirría en la mente de cualquier intelectual. De igual modo, las tropelías cometidas por Juan Carlos I, y ocultadas durante décadas como tributo por su papel determinante en la transición y su intervención en el golpe de estado del 23-F, nos retrotraen a épocas pasada de reinados absolutistas. La falta de trasparencia y crítica en el pasado no han hecho más que estimular sus malas conductas, que irresponsablemente consideraba fuera de toda censura. Está claro que no ha sido ejemplar y que merece el reproche social y las sanciones legales a las que se haya hecho acreedor, sin olvidar que por todo ello se vio obligado a abdicar. Los partidos nacionalistas, junto a comunistas y grupos anarquistas antisistema, han aprovechado la ocasión para agarrar la presa de la monarquía por el cuello y hacer sangre a placer. Saben que no se les va a presentar otra oportunidad mejor para derribar a la institución. Su estrategia consiste en repetir reiteradamente todos sus errores, denigrando su figura institucional contraponiéndola al humilde y cumplidor ciudadano, a la vez que desvía así la atención del desgobierno económico y sanitario en el que nos han sumido, y del desastre que se avecina con sus políticas demagógicas.
El echar humo para tapar un problema solo conduce a que éste siga creciendo para acabar explotando más pronto que tarde. Los recursos de la izquierda para encontrar y provocar nuevas fuentes de humo que distraigan a la confiada ciudadanía son variados, aunque finalmente la cruda realidad acabará por emerger con unas dimensiones insostenibles. Vista la sociedad española actual, considero que la monarquía constitucional, donde el rey reina pero no gobierna, es un elemento de estabilidad institucional que sería irresponsable derribar en este momento. El riesgo de caos es evidente, siendo muy recomendable repasar y recordar la triste andadura de la Segunda República española, pero en su versión original y no el idílico doblaje que nos pretenden presentar los que reescriben la historia ajustada a sus intereses.
Volviendo al origen de mi reflexión, referido al tratamiento informativo que se ha dado a la vacunación de las infantas Elena y Cristina en Abu Dhabi, es inaudita la feroz censura a su falta de ejemplaridad. Apuntan los críticos que han roto el principio de igualdad que debe existir entre todos los ciudadanos por saltarse los turnos de edad establecidos. Una noticia que debería ser irrelevante se eleva a tema central durante varios días, con el solo ánimo de erosionar el prestigio de la corona en lo que claramente es un acoso y derribo de la institución monárquica. Considero que hay varios matices que deberían ser analizados y que no he escuchado en ninguno de los tertulianos, quienes de forma unánime siguen la consigna progre oficial, pasando por alto que las infantas son ciudadanos privados, familia del rey pero no parte de la familia real. En consecuencia, no pueden recibir dinero público estando sometidas a los mismos derechos y obligaciones que el resto de ciudadanos, y como tales deben ser tratadas.
En primer lugar, se debe precisar que la vacuna fue administrada en un país extranjero, por lo cual no han usado una dosis que pudiera corresponder a otro ciudadano en el orden establecido en nuestro país, como sí han hecho políticos de algunos partidos y altos funcionarios de la actual administración, justificados todos ellos por los respectivos partidos políticos en que militan. Todo ello sin contar los cargos públicos que la hayan recibido y no han sido descubiertos, permitiéndose cínicamente criticar a terceros por actos que ellos mismos han cometido. Siendo objetivos, habría que reconocer que han ahorrado una dosis a las finanzas públicas españolas. Segundo, en un estado liberal que respete la propiedad privada cualquier persona puede comprar los bienes y servicios que legalmente le apetezca, pagando el precio que el mercado fije. Por otra parte, no se puede impedir a quien tiene que viajar a otros países realice los trámites necesarios que posibiliten su movilidad. Se han permitido PCRs a quienes viajaban, como por otra parte es de justicia, cuando no existían suficientes tests para el resto de la población.
No es de recibo que se impida a la sanidad privada vacunar, con dosis compradas libremente en los mercados internacionales, a quien pague por ello. No tienen por qué sufrir los ciudadanos la ineficiencia de la administración pública, impidiendo que quien tenga una buena gestión pueda aportar sus servicios sin entrar en conflicto con la sanidad pública. La política actual es la contraria, demonizar a la sanidad privada como un negocio carroñero, para defender una sanidad pública ineficiente, despilfarradora, cara y politizada. Lo que ya no tiene calificativos es la actitud de aquellos que critican a la sanidad o la enseñanza privada, pero cuando la necesitan hagan uso de ella. Y lo que es socialmente inaceptable es que cuando los políticos usan de la sanidad pública sean tratados como pacientes VIP con plantas dedicadas en exclusiva a su cuidado. Esa es la igualdad que les gusta, la de “Rebelión en la Granja” de George Orwell: "todos los animales son iguales pero algunos son más iguales que otros."
Lo que subyace bajo este ejemplo irrelevante de la crítica a la vacunación de las infantas es la lucha ideológica por abolir la propiedad privada y el liberalismo. La propaganda oficial se manifiesta incansable en erosionar la iniciativa privada en sanidad que, con sus defectos, es mucho más eficiente que la pública. La alabanza de la sanidad pública choca con la realidad de su pésima gestión durante la pandemia, la desatención de otras patologías con muertes evitables, la asistencia telefónica en lugar de presencial, la pasividad real del personal sanitario en contra de la imagen que se quiere proyectar de héroes que dan la vida por los demás, que en modo alguno responde a la realidad. Esa actitud de alabanza de los sanitarios no es otra cosa que una campaña orquestada por la izquierda, con la colaboración interesada de los sindicatos sanitarios con el solo objetivo de obtener mejoras retributivas y aumento de las plantillas de profesionales que, en lugar de mejorar su eficacia, lo que harán es perpetuar e incrementar la ineficiencia del sistema hasta su colapso final. Asistimos por enésima vez a la cortina de humo de achacar los defectos y errores del sistema sanitario a la falta de recursos y a los recortes practicados, en lugar de poner el foco en el auténtico problema de desorganización, despilfarro e ineficacia.
El socialismo fracasó en su aplicación práctica en las dictaduras del proletariado implantadas en el bloque oriental tras el Telón de Acero. Solo las dictaduras tienen que imponer un régimen que impide la movilidad de sus ciudadanos para no quedarse vacíos. El sistema que solo generó pobreza y privación de libertad, excepto para la nomenklatura, fracasó con rotundidad, pero no por eso sus ideólogos se han dado por vencidos. Al contrario. Los demagogos del presente siguen mintiendo al pueblo, alabando la igualdad, convenciéndoles de que el rico está explotando al pobre, de que todos los alumnos tienen que aprobar, de que es malo tener buena presencia porque eso discrimina a los feos, de que las mujeres tienen que ostentar puestos de dirección en igualdad con los hombres con independencia de la capacidad y el mérito, de que todos tienen derecho a la vivienda aunque no hayan hecho nada para merecerla; de que la autoridad limita la libertad de manifestación cuando son esos mismos manifestantes los que con su violencia coartan la libertad de los demás y vandalizan la propiedad pública y privada; de que cualquier cantón puede autodeterminarse cuando considere que su aportación a las arcas públicas es mayor de lo que recibe; de que todas las razas deben estar igualmente representadas de forma similar a otras minorías primando sus puntuaciones para justificar su equiparación; y cuando la violencia de los delincuentes es justificada mientras que la autodefensa de las fuerzas de seguridad se considera sistemáticamente como brutalidad policial.
No procede seguir porque la casuística es infinita. Si analizamos la situación global hay un común denominador: la pretendida igualdad de todos los ciudadanos y la descalificación de cualquiera que destaque, excepto las élites intelectuales y políticas que viven en un mundo paralelo y endogámico gracias a su propia demagogia. Vendiendo la idea de igualdad, en una sociedad cada vez más indolente y conformista, consiguen los votos para perpetuarse en el poder. El resultado ya se comprobó en las dictaduras socialistas. Cuando el pueblo no trabaja, la riqueza se esfuma y la pobreza se apodera de la sociedad. La miseria engendra violencia, que por otra parte no es combatida por unas fuerzas de seguridad a las que se les ha privado de su capacidad de actuación, y que acabarán corrompiéndose para compensar su deterioro en el nivel de vida y sobrevivir en la creciente anarquía que se avecina.
Solo el liberalismo, estimulando la iniciativa privada, genera riqueza y bienestar para todos, a cada uno según sus méritos. Los impuestos deben ser los necesarios e imprescindibles para que el sistema funcione y para la asistencia mínima a quienes por circunstancias acreditadas no puedan subsistir por sus medios. Todo otro enfoque de la sociedad solo conduce al empobrecimiento general y al desastre social. La sociedad camina hacia el precipicio con los ojos vendados por la propaganda oficial. Su despertar va a ser más doloroso de lo esperado. Los préstamos y el dinero generado artificialmente por los bancos centrales no hacen más que retrasar el problema a la vez que magnificarlo, si no se toman a tiempo medidas correctoras.
A la vista del panorama actual mi previsión es más bien sombría. España es un desastre, donde poco a poco la ideología progre se va infiltrando más y más profundamente en las estructuras educativas, familiares, y de la sociedad en general. La prensa servil es la correa de transmisión hacia ese nuevo orden mundial igualitario y comunista. Recordemos que al final el pueblo llano no es ajeno al desastre, sino responsable: cada país tiene los políticos que se merece.
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