2020-07-15

La implantación de la ideología de género y el burro volador

La implantación de la ideología de género y el burro volador            2020/07/10

La “ideología de género” es una filosofía fundamentada en el hecho de que el sexo ya no es un factor diferencial creado por la naturaleza, que tradicionalmente el hombre ha aceptado y que ha sido la base de la familia y la perpetuación de la especie, sino que lo concibe como un papel social sobre el que cada uno decide individualmente. La “ideología de género” considera que nuestro comportamiento diferenciado en masculino y femenino es el resultado de la influencia cultural y social del entorno, donde la propia sexualidad depende más de los vivencias personales y sociales de nuestra vida que de las características fisiológicas.

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Del desarrollo de la filosofía de la ideología de género se deriva toda una serie de actitudes que pretenden erradicar el concepto de familia heterosexual como base de la sociedad. Como alternativa focaliza sus compañas sociales en la defensa del matrimonio entre personas del mismo sexo, la adopción homoparental, el aborto libre y la identidad de género con independencia del sexo de nacimiento. En la misma línea ideológica, intentan borrar lo más profundamente posible la institución familiar, priorizando la educación en la enseñanza pública convenientemente ideologizada en estos principios rupturistas del orden social tradicional. Fomentan una educación sexual sesgada, estimulando la experimentación a edades muy tempranas, que pueden provocar desviaciones de comportamiento que devienen en graves trastornos psicológicos en el niño, que se cronifican y lo acompañan y atormentan el resto de su vida.

El feminismo y su tratamiento social y mediático es el ejemplo más aberrante de manipulación social. Vaya por delante mi respeto y defensa de la igualdad de derechos entre todos los seres humanos, sin distinción de sexos, creencias, o razas, que nadie en su sano juicio puede poner en duda. También expreso mi admiración por las primeras mujeres que, con la oposición mayoritaria de la sociedad de su tiempo, abrieron camino y reivindicaron políticamente la igualdad de hombres y mujeres. El derecho al voto femenino fue una conquista que engrandece a las luchadoras que lo consiguieron, y no hace tanto tiempo de eso. Esas mujeres combativas fueron ejemplo de madurez intelectual, compromiso social y valor para vencer la injusticia, nada que ver con las histéricas descerebradas feministas de hoy en día, puro espectáculo mediático de una sociedad decadente.

Todos tenemos madre, y en muchos casos hermanas e hijas, a quienes queremos y a las que deseamos la mayor felicidad y bienestar posibles. Aunque parezcan obviedades es necesario dejarlo claro para no caer en la trampa feminista, según la cual, quienes no comparten su radicalismo son hombres opresores de las mujeres, que quieren mantener sus privilegios heredados de una sociedad heteropatriarcal y otras simplezas semejantes.

Conseguida la igualdad de derechos en todos los órdenes de la vida, adecuadamente recogida en la Constitución y en todo el entramado legal que la desarrolla, sus consecuencias se han extendido a todos los ámbitos de la vida. Es un hecho la igualdad en la educación libremente escogida, que unida a su universalidad, ha hecho desaparecer cualquier sombra de marginación femenina en el trabajo, de igual modo que está erradicada cualquier forma de discriminación salarial por el mismo trabajo. Objetivamente, creo que no queda ni sombra de discriminación por razón del sexo en nuestra sociedad. Achacar la violencia contra la mujer como una cuestión feminista es un total desenfoque de la realidad. Lo que no puede ninguna ideología es cambiar la realidad biológica de la naturaleza. Los hombres y mujeres son iguales en derechos y obligaciones, pero diferentes en sexo, con las implicaciones que ello produce en la vida familiar y social. Tanto unos como otras son seres vivos condicionados por las hormonas que producen un desarrollo físico diferenciado, encaminado a desempeñar distintos papeles en la naturaleza, fruto de la evolución de la especie para adaptarse a la supervivencia y perpetuación de la especie. Las hormonas hacen al hombre más agresivo y violento entre otros rasgos, y a la mujer más afectiva y diplomática.

El que haya hombres que asesinen a sus mujeres o parejas pone de manifiesto unas mentes desequilibradas que terminan en tragedia, que nada tienen que ver con la actitud del hombre frente a la mujer. La mujer que inicia una relación con un desequilibrado asume un riesgo que debería evitar. Y el hombre que asesina a su mujer debe tener una condena acorde con la gravedad del delito. Otra cosa bien distinta es la desmedida manipulación en los casos de violencia sexual contra la mujer, en la que se presupone como veraz la versión de la mujer en cualquier caso de agresión sexual, supuesta o real. En este caso se vulnera un principio constitucional tan esencial como es el de presunción de inocencia, invirtiendo la prueba, debiendo ser el hombre el que pruebe su inocencia, en lugar de tener que probar su culpabilidad. Este injustificado privilegio femenino puede ser usado malévolamente contra el hombre, arruinando una vida indefensa ante una vengativa mujer.

Otra falsedad reiterada hasta convertirla en dogma es que las mujeres están peor pagadas que los hombres. Es posible que, si se analizan retribuciones medias, la retribución media de los hombres sea superior. Los hombres realizan las tareas más duras y peligrosas, que por razones obvias deben ser mejor pagadas. También desarrollan trabajos más elevados que han conseguido tras una vida de esfuerzo y de selección natural en el duro mundo empresarial. Es evidente que algunas profesiones tienen menos atractivo para las mujeres, porque no olvidemos que somos sexualmente diferentes y regidos por distintas hormonas, fruto de la evolución de la especie. En un sistema totalmente de libre elección de profesión, donde solo debe primar la capacidad, no se puede culpar a la sociedad de las consecuencias de la libre elección individual. En las profesiones en las que las mujeres están subrepresentadas tal vez sea solo una cuestión de tiempo el conseguir la paridad, o tal vez carecen de interés para ellas. Todavía no he visto a ninguna feminista que reivindique la subrepresentación femenina en la profesión de encofradores, albañiles, fontaneros, herreros, etc. Solo se centran en que hay menos mujeres en los Consejos de Administración de las Empresas o en los altos cargos del Estado. También es evidente que las mujeres son mayoritarias en las profesiones de justicia y sanidad y en la función pública, pero son minoritarias en las actividades técnicas. Es el mercado el que libremente debe fijar las retribuciones y los ascensos movido solamente por la capacidad y competencia de los profesionales con independencia de su sexo.

Liberados de toda traba discriminatoria contra la mujer, dejemos que cada uno encuentre su adecuado lugar en la sociedad. Es una aberración establecer cuotas justificadas en una supuesta discriminación positiva. Alterar este normal curso de los acontecimientos, que es lo que la lucha feminista radical está haciendo, conduce al enfrentamiento entre sexos y a una radicalidad perjudicial para las mujeres a medio plazo. Cuando el hombre altera el curso de la naturaleza acaba creando un mayor problema del que pretende resolver. El sistema de cuotas es un insulto a la propia capacidad de la mujer. La obsesión por alcanzar la paridad, cuando no por sobrerrepresentar a la mujer para denotar el espíritu de campeones del feminismo, pone de manifiesto la exhibición de incompetencias clamorosas que avergüenzan a quienes insensatamente las representan, aunque sean convenientemente silenciadas por los medios de comunicación para no caer en la incorrección política y en la consabida acusación de machismo. El tiempo colocará a cada uno en su sitio y no creo que nadie racional acuda a una médico por el hecho de ser mujer, sino por su capacidad de curar, y en caso de insatisfacción cambiará de profesional buscando el más competente con independencia de su género.

Esta actitud, que debería parecer evidente, no lo es para los movimientos progres de izquierda radical, cuya razón de ser es provocar la constante dialéctica de clases que desemboque en el enfrentamiento social. Su estrategia es la creación de la división social y su confrontación. Superada la lucha de clases como presupuesto básico del marxismo, ha sido sustituida por la dialéctica feminista de mujeres contra hombres, LGTBI contra heterosexuales, negros contra blancos, inmigrantes contra nacionales y gente contra casta, pobres contra ricos, y todo aquello que pueda crear una división social.

A la sombra de todos estos movimientos se han creado asociaciones que abanderan los siempre nobles y poéticos principios de la igualdad y de lucha contra la discriminación. Una infinidad de personas viven nutridas con subvenciones públicas, profesionalizados como activistas y germen de todos los movimientos y movilizaciones sociales contestatarias de izquierdas. Son activistas de izquierdas que inician en estas asociaciones su proyecto de vida para ir avanzando en la escala jerárquica de la estructura política del partido, alejados en la mayoría de los casos de cualquier otra actividad laboral y sin el menor interés por ejercerla. En justa correspondencia a ese estatus de privilegio, son la correa de transmisión de las directrices del partido para movilizar la calle en favor de sus políticas partidistas. Sustentándose en esta estructura social, la izquierda domina ampliamente la calle.

La incongruencia de estas actitudes radicales y absurdas, que incomprensiblemente son implantadas y aceptadas por la sociedad, solo se puede explicar por la alienación social y la machacona insistencia de los medios de comunicación sometidos a la corrección política. Una prensa al servicio de la ideología, carente de espíritu crítico y objetividad analítica, es un instrumento de propagación de la posverdad por absurda que inicialmente pueda parecer. La génesis y desarrollo de las ideas llamadas progresistas queda magistralmente explicado por el relato del “burro volador”.

Hace unos meses pude ver en un muro de Facebook un relato explicativo de cómo se introducen ciertos principios progres en la sociedad, por absurdos que en principio puedan parecer, acabando por ser aceptados por todos, salvo por una minoría crítica, libre todavía de la corrección política. He intentado rastrear el origen de tan brillante exposición y creo que el autor es Javier Benegas@BenegasJ, en Twitter, donde lo publicó el 06/05/2019. Si alguien conoce otro origen agradecería la precisión. El relato lo trascribo a continuación literalmente.

“El gobierno publica una ley para que los burros vuelen. Pasado un tiempo, se comprueba que los burros, pese a su obligación legal de volar, no lo hacen. Pero el Gobierno, lejos de rectificar, justifica el fracaso de la ley alegando que no se ha gastado lo suficiente para que los burros vuelen y se destinan más recursos para asegurar el éxito de la iniciativa.

La gente sensata protesta alegando que los burros son burros, no águilas. Entonces, el Gobierno pone en marcha una intensa propaganda para denunciar que hay sectores en nuestra sociedad que odian a los burros y quieren negarles su derecho a volar.

Con el paso del tiempo, una parte importante de la población olvida la cuestión clave: que los burros, en efecto, no son águilas. Y el debate deriva hacia un enfoque moral con dos bandos enfrentados. Por un lado, la línea oficialista, que establece la obligación de amar a los burros y defender su inalienable derecho a volar como las águilas. Por otro, los críticos, que consideran la iniciativa un disparate.

Para neutralizar a los críticos, el Gobierno establece el delito de odio al burro volador. Y para reeducar a los que consideran que los burros voladores son una patraña, se crea la figura del agente experto en perspectiva de burros voladores. Además, a las nuevas generaciones se las orienta hacia la devoción al burro volador. El burro volador y la democracia son inseparables. Negar la existencia del burro volador significa negar la democracia.

Sin embargo, pese a todos los esfuerzos y después de miles de millones de euros gastados, los burros, que son muy suyos, no ejercen su derecho a volar. Y lógicamente afloran las críticas por la disparidad de los recursos empleados y los resultados obtenidos. Pero el Gobierno de nuevo recurre a la propaganda y neutraliza el debate lanzando una consigna: "¡Ni un paso atrás en la defensa de los burros voladores!". Los importantes avances conseguidos en materia de derechos para el burro volador marcan un antes y un después, son la diferencia entre una sociedad egoísta e insensible y una sociedad diversa y plena de empatía.

Décadas más tarde, los burros siguen sin volar. Nadie ha visto a ninguno hacerlo. Pero el burro volador se ha convertido en un símbolo. Las evidencias ya no importan. Se trata de estar del lado de la historia, promover un mañana mejor en el que los burros puedan surcar los cielos libres y gráciles como palomas. Hasta que ese día llegue, el burro volador es algo aspiracional, una lucha alrededor de la que florecen políticas, observatorios, subvenciones, asociaciones, agencias internacionales, incluso nuevas carreras universitarias. También las multinacionales colocan al lado de sus marcas el sello normalizado del burro alado para demostrar al público que están a favor de la gran causa.

Hay un Día Mundial del Burro Volador, un doodle de Google y huelgas estudiantiles, y de las otras, en defensa del burro volador, porque el burro volador, como símbolo del bien, siempre estará amenazado por el mal. La mejor prueba de ello es que los burros siguen sin ejercer su derecho a volar, no porque sean inasequibles a los deseos del legislador, sino porque subyace una opresión estructural que se lo impide. El mundo académico hace tiempo que se sumó a la causa, y los científicos sociales amontonan estudios con datos agregados sobre la población de burros y la aplicación del derecho a volar. La conclusión es unánime: hay mucho margen de mejora, pero son necesarias nuevas leyes y más recursos. El burro volador goza de un gran protagonismo en las citas electorales. Años de campañas de sensibilización logran que muchas personas consideren que la intención debe prevalecer sobre la evidencia. La intención es legítima y buena; la evidencia, limitante y malvada. Así pues, el burro no debe depender de sus capacidades reales sino de las aspiraciones que se le reconozcan. ¡Por un burro volador digno!

Estar a favor o en contra del burro volador puede marcar la diferencia entre sumar votos o restarlos. Y lo que es más importante: acceder o no al generoso presupuesto al que se ha hecho acreedora la gran causa. Por lo tanto, los partidos que antes consideraban al burro volador como un disparate legislativo, moderan su discurso. Todavía no reconocen el derecho del burro a volar, pero sí su derecho a saltar como una gacela. Entonces, el burrismo se desdobla en dos corrientes: un burrismo radical y un burrismo moderado. Pero el burrismo es ya una corriente dominante.”


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