La España alegre y confiada en el año de la pandemia 2020/10/30
Me viene a la mente la obra teatral de Jacinto Benavente “La ciudad alegre y confiada”, que en muchos aspectos parece el reflejo de la realidad actual. Los gobernantes de una ciudad-estado italiana deben tomar una decisión estratégica importante para el futuro de su ciudad. Básicamente, deben decidir si pactan con la República de Venecia o le declaran la guerra. Los ciudadanos siguen con su vida ordinaria y superficial de fiestas y espectáculos, confiando en la capacidad de sus gobernantes. Finalmente toman la decisión equivocada declarando una guerra para la que no estaban preparados, aflorando en toda su crudeza las consecuencias de la corrupción. El material bélico es inoperante por deficiencias estructurales, habiendo sido pagado como bueno por políticos corruptos que se enriquecieron a su costa. La dramática consecuencia es el sacrificio inútil de la vida de los valientes soldados incitados a una lucha heroica para defender una causa perdida de antemano, con el sólo objetivo de que los gobernantes se justifiquen ante el pueblo engañado. Sólo la magnitud del desastre causado provoca la reacción violenta y revolucionaria del pueblo, como si éste hubiera sido ajeno a la acción política que desencadenó el desastre.
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No deja de ser sorprendente que los ciudadanos voten soluciones políticas difícilmente comprensibles ante situaciones económicas o sociales complejas, desafiando el más elemental sentido común, considerándolas como algo ajeno a ellos y no les fueran a afectar sus consecuencias. Como resultado de la manipulación mediática, cuando el desastre se desencadena, continúan culpando a quien les advirtió de las posibles consecuencias de unas decisiones claramente erróneas, en lugar de responsabilizar a quien les engañó prometiendo utopías irrealizables, y a sí mismos por haberlos votado y haber creído sus quimeras.
¿Cómo es posible que los ciudadanos, mayoritariamente, no sólo no censuren, sino que aprueben la gestión del actual gobierno social-comunista?
Somos el país en cabeza de los rankings del mayor nivel de positivos en coronavirus por 100.000 habitantes, el de mayor número de muertos, el de mayor número de sanitarios contagiados, el que sufrió las medidas de confinamiento más rigurosas, el que no impuso ningún control a los llegados del exterior, y para remate, el que tiene el mayor nivel de contagiados en la segunda oleada.
Un país donde las ocupaciones de viviendas son tan habituales que ya dejan de ser noticia, lo que supone un ataque frontal a un principio tan esencial en un estado de derecho, libre y democrático, como el de la propiedad privada. Donde, retorciendo las leyes demagógicamente, el okupa tiene más protección legal que el propietario, que aun estando privado de la posesión de lo que legítimamente le pertenece, sigue obligado al mantenimiento de la casa.
Un país donde los inmigrantes ilegales entran sin el menor control, en algunos casos protagonizando asaltos masivos con violencia ejercida contra las fuerzas de seguridad, lo que no es otra cosa que una auténtica invasión exterior. De forma inmediata reclaman, a pesar de estar los centros de acogida saturados por tantos ilegales llegados, unas condiciones de confort que muchos ciudadanos del país no tienen. Esta anómala situación no sería posible sin la colaboración de las ONGs, complemento perfecto de las mafias de tráfico de personas, que enriquecen a unos pocos a costa de vidas humanas perdidas en el mar, pero deliberadamente necesarias para que el negocio siga funcionando. Macabro espectáculo que recuerda a los barcos negreros con su cargamento de esclavos que arrojaban por la borda cuando eran avistados por un barco de la marina que combatía el tráfico ilegal de africanos.
Un país donde se cuestiona la autoridad de la policía y fuerzas de seguridad respecto a sus actuaciones en conflictos originados por minorías raciales o de violencia de ultras antisistema, posicionándose la opinión pública del lado del delincuente. Actitud sólo posible por la labor de los medios de comunicación al servicio del gobierno, instalados en la corrección política sin el menor atisbo de análisis crítico de unos hechos ciertamente complejos. Si de la actuación policial derivara alguna responsabilidad, ésta se debe sustanciar por vía judicial, como procede en todo estado de derecho.
Un país que organiza manifestaciones de protesta por el sacrificio del perro Escalibur, que suponía un riesgo cierto para la población de trasmisión del ébola, pero permanece impasible ante la muerte de más de 50.000 personas por el covid-19, muchas de ellas consecuencia de la ineptitud de sus gobernantes.
Un país que sufre retrasos injustificables en las visitas médicas, que ve la ineficiencia y despilfarro en los servicios sanitarios, pero salió diariamente mansamente a aplaudirlos durante el confinamiento, creyéndose ciegamente el mantra de que tenemos la mejor sanidad del mundo, simplemente porque aquí todo es gratis. Al mismo tiempo se cree el eslogan, repetido hasta la saciedad, de que las deficiencias son culpa de los recortes, pero nadie quiere ver la desorganización, ineficiencia, e incluso indolencia, en muchos servicios sanitarios que cualquier usuario puede apreciar a cada paso en un centro sanitario.
Un país donde la venta ilegal en mercadillos, o por los manteros callejeros en las principales calles, se ve como normal y aceptable, e incluso censurable que se les obstaculice su actividad. Bien es sabido por todos que comercian con productos falsificados, enriqueciendo a las mafias que los utilizan, en perjuicio de los esforzados comerciantes nacionales que pagan sus impuestos.
Un país, que ante una crisis económica como la que se nos avecina, no habla de responsabilidad y esfuerzo común como vía de solución, sino de que aquí nadie se va a quedar atrás. No sólo no contempla ningún recorte en los muchos gastos superfluos de la administración del Estado, sino que se suben el sueldo tanto el gobierno como los funcionarios. Tampoco se toca la inmensa cantidad de gastos sociales cuyo presupuesto se gasta en propaganda, estudios innecesarios y en los sueldos de los activistas políticos de tercer nivel que los gestionan. Todo ello para mantener cautivo un creciente número de votantes dependientes del dinero público.
Por otra parte, la economía real, para subsistir, depende de su capacidad de generar un excedente económico, parte del cual revierte en el Tesoro Público vía impuestos. Las empresas privadas, cuando no generan beneficios entran en crisis, estando muchas de ellas condenadas al cierre por las nefastas políticas del gobierno. La economía real no cuenta con el fácil recurso de subir impuestos para compensar sus despilfarros o desgobierno. Los políticos de izquierdas todo lo resuelven apoderándose del dinero que generan otros, a quienes por otra parte demonizan, aunque ellos son incapaces de gestionar su propia casa y de generar ingreso alguno que no venga de las arcas públicas.
Cuando el gasto supera los ingresos sólo hay una forma fácil de subsistir, y ésta es endeudándose, para que los beneficios futuros paguen las deudas presentes. En la mayoría de los casos es un camino diferido hacia el cierre definitivo. La única vía real para subsistir pasa por reestructurar la empresa, reducir costes, aumentar la productividad, ser competitivo y volver cuanto antes a los números negros. Aquí, a los políticos, opinadores y tertulianos sólo se les ocurre el mantra de que hay que cambiar el modelo productivo, sin que realmente sepan lo que dicen, simplemente porque suena bien, sin entender en qué consiste.
¿Cómo vamos a industrializar un país con un sistema educativo tan pobre en resultados, donde se ha erradicado el valor del esfuerzo y la excelencia? El deterioro del nivel educativo es el mayor ataque a la ascensión social de las clases más desfavorecidas, porque les privan de la enseñanza del esfuerzo y la superación como camino para el ascenso social. El cambio de un modelo productivo sólo es posible a largo plazo, con un gran capital humano, que es el elemento realmente esencial para elevar el nivel económico de un país. Ejemplos no faltan. Veamos Corea del Sur, Japón y la misma China. Su progreso hasta liderar la industria mundial es el resultado de décadas de esfuerzo, estudio y trabajo bien hecho. Todo aquel que prometa el progreso defendiendo a los vagos e improductivos sólo siembra pobreza y miseria.
Un país donde las empresas privadas hacen lo posible por adaptarse a la nueva situación de la pandemia y continúan funcionando, mientras que los organismos públicos siguen cerrados, operando en un supuesto teletrabajo. En definitiva, equivale en muchos casos a mandar el sueldo a casa a los funcionarios, que si en su puesto normal de trabajo adolecen de desgana y dejadez, podemos imaginar su rendimiento cómodamente en su casa sin ningún control. Una Administración inoperante, no sólo es un despilfarro, sino que, además, entorpece el normal funcionamiento de la economía real.
Un país que, después tres meses de confinamiento, sólo piensa en irse de vacaciones como si nada hubiera pasado, en lugar de superar el daño económico y social causado con trabajo y esfuerzo. Para dar ejemplo, el presidente Pedro Sánchez, sin el menor pudor, pasó sus vacaciones en los palacios que Patrimonio Nacional posee en Lanzarote y Doñana, invitando a sus amigos y cohorte de aduladores. En plena fase de expansión de rebrotes de la pandemia, el gobierno se va de vacaciones en lugar de estar al pie del cañón, muestra escandalosa de irresponsabilidad y desgobierno.
Un país donde las políticas y políticos piden una baja por maternidad de cuatro meses, cuando, por decoro y respeto a los que realmente trabajan, debieran omitir tal teatro. Sus condiciones de dedicación hacen perfectamente compatibles su actividad y la maternidad. La mayoría de los autónomos no pueden permitirse ese descanso extra, debiendo atender sus negocios para generar los impuestos que otros despilfarran. Este sí que es un país de clases. Por un lado, los políticos, los que trabajan para la administración y los grandes oligopolios, con poco trabajo y altos ingresos; y por el otro, el resto, que son la gran mayoría, luchando diariamente para salir adelante con esfuerzo, sin ayudas y pagando impuestos para sostener tal injusticia.
Un país en el que por un mismo delito hay un distinto castigo en función del sexo, donde ante una acusación de violencia de género es el hombre el que tiene que demostrar su inocencia y no la culpabilidad. Y en este país el Tribunal Constitucional, sin el menor pudor, declara ajustada a derecho dicha ley, lo que constituye una auténtica falacia. Y luego dicen los políticos, con razón, que “creen” en la justicia. Evidentemente es lógico que crean en “su justicia” echa a su medida y con un ojo abierto.
Un país con el gobierno más inepto de la historia que nos lleva de cabeza al desastre. Un gobierno formado por el partido socialista, compartiendo el poder con los comunistas declarados, y apoyados por nacionalistas independentistas, filoterroristas y regionalistas. El impúdico mercadeo presupuestario y político para mantenerse en el poder es clara muestra del más descarado chantaje, que ya no se molestan ni en disimular, con la aquiescencia de una sociedad narcotizada por los medios de propaganda del gobierno, que todo lo abarcan y todo lo justifican.
No quiero seguir porque la lista sería interminable. Las negras perspectivas que nos acechan son tenebrosas. La alienación social propiciada y alimentada por los medios de comunicación progres ofrecen pocas esperanzas de reacción. Hay una España que vivió el ejemplo de abuelos y padres trabajadores, que levantaron un país destruido por una guerra, que no protestaban por salir un poco más tarde del trabajo si había que terminar un encargo o servicio urgente, que se responsabilizaban de sus mayores, que se privaban de caprichos para acceder a una vivienda, que se pluriempleaban para permitirse la compra de la nevera, el televisor y el primer utilitario, que se levantaban cada día con ilusión y se acostaban cansados, pero con la satisfacción del deber cumplido. Una sociedad que posibilitó el llamado milagro español de los 60s, a pesar del aislamiento que todavía atenazaba a España. Una época en la que los estudiantes de familias modestas compatibilizaban el trabajo y el estudio para ascender en la escala social, a costa del sacrificio de muchas horas de ocio. Bien es cierto que compartían aulas con los pijos del momento, niños bien de familias acomodadas, bien situadas en la Administración Pública, con coche propio y viajes al extranjero, muy hippies ellos y contestatarios, que son los padres de los que hoy nos gobiernan. Formaron una casta fraternal en la que se apoyaron unos a otros, habiendo invadido la Universidad, los medios de comunicación y la Administración Pública. Han creado una línea de pensamiento que constituye la corrección política, y donde cualquiera que ose cuestionarla es excluido automáticamente, demonizándolo como “facha”.
Volviendo a la evocación inicial a la obra de Jacinto Benavente “La ciudad alegre y confiada”, cito a continuación una reflexión del Desterrado, personaje de la obra, que invita a pensar:
“Sí… Yo quería que el pueblo tuviera conciencia de sí propio, para que fuera digno de acusar a los gobernantes indignos, más aún, de no poder tenerlos nunca, porque los gobernantes son hechura del pueblo, jamás el pueblo de los gobernantes. Los pueblos débiles y flojos, sin voluntad y sin conciencia, son los que, no sólo consienten, se complacen en ser mal gobernados. El mal gobierno es buena disculpa de pícaros y de holgazanes.”
¿Está el país perdido definitivamente, donde sólo una revolución o un conflicto armado lo pudiera sacar del conformismo actual?. No me atrevo a vaticinar una conclusión, aunque soy francamente pesimista. Sólo queda esperar y ver como el barco se dirige, lenta pero inexorablemente, hacia el iceberg sin que nadie se percate de que el capitán y el timonel, con sus mejores galas están disfrutando de la fiesta en el salón principal.
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