2020-07-03

La ocupación de viviendas y la inmigración ilegal

La ocupación de viviendas y la inmigración ilegal         2020/06/26

Asistimos, un día sí y otro también, a manifestaciones de indignados vecinos de barrios afectados por continuos robos, e inseguridad ciudadana en general, ocasionados por “okupas” o por “menas” (inmigrantes menores de edad no acompañados). Tanto unos como otros son justificados y defendidos sistemáticamente por los partidos de izquierdas autollamados progresistas. Este comportamiento es difícil de entender fuera del contexto de una sociedad alienada, totalmente controlada por una prensa instalada en los dictados de la corrección política que pocos se atreven a cuestionar. En definitiva, un problema de semejante gravedad como son los “okupas” no es sometido a ningún debate serio con cifras sobre la mesa, causas, consecuencias y posibles soluciones, desarrollado sobre bases realistas y no soluciones utópicas o materialmente imposibles.


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¿Cómo es posible que la sociedad acepte la protección de aquellos que atacan sus libertades, que infringen un derecho tan básico como la propiedad privada? La explicación solo puede ser entendida en el contexto de una sociedad decadente que ha perdido instintos tan básicos como son la autoprotección y supervivencia. El sistema educativo está muy volcado en inculcar los derechos del ciudadano en una sociedad democrática avanzada, con una constitución que defiende esos valores, pero muy poco en la necesaria contrapartida que exige madurez social para asumir las obligaciones que posibiliten su desarrollo. Si ese equilibrio se rompe, los principios democráticos también se quiebran. “Tu libertad termina donde empieza la mía”. Las generaciones más jóvenes han encontrado una sociedad sin privaciones, pero no siempre ha sido así, y nada garantiza que vaya a seguir siéndolo si se camina en la dirección errónea. Es lamentable que, generalmente, solo se aprecie en su real valor lo que se tiene, cuando ya se ha perdido.

El sistema educativo español actual es obra de la ideología socialista que ha imperado ininterrumpidamente durante los últimos cuarenta años. En consecuencia, han creado una sociedad a su medida, haciéndola extensiva al ámbito universitario, jurídico y de los medios de comunicación. Han implantado, en definitiva, la sociedad de los gestos poéticos y del buenismo idealista, que, a su vez, viene incardinada en la tendencia mundial simbolizada en la fantasía Disney. Los efectos de la publicidad subliminal son bien conocidos por los publicistas. Así se empieza, fijando en las mentes infantiles un mundo ideal, donde todos los seres son buenos, y cuando alguno no lo es, se le justifica culpando a la desalmada sociedad conservadora. Tal cual una película de Disney, donde los leones son simpáticos animalitos, así como las serpientes y todo el resto de compañeros del arca de Noé. Y lo asombroso es que nadie se cuestiona este tipo de enseñanzas tan opuestas a la realidad de la naturaleza que, por otra parte, tanto defienden los progres ecologistas. Ésta, tercamente, se resiste a cambiar sus leyes naturales de supervivencia, y el león, para sobrevivir, sigue devorando a la inocente gacela.

La población africana está próxima a los 1000 millones de habitantes, donde el 50% vive con menos de 1 euro al día y carece de servicios tan básicos como la electricidad o el agua corriente. Las epidemias y conflictos bélicos son una constante. ¿Quién no se puede sentir sobrecogido por tanta miseria y sufrimiento? Todos sentimos la injusticia de este estado de cosas, pero lo que difiere es el enfoque en su solución. Ésta no puede venir de la apertura de las fronteras de occidente, ya que asimilar a 500 millones de personas es algo materialmente imposible. Tampoco abrir las puertas a los que ilegalmente se arriesgan para llegar, ya que ni son los más necesitados, ni los que merecerían mayor atención por sus obligaciones familiares. La mayoría de los inmigrantes ilegales son gente joven inconformista, lo cual es bueno, pero generalmente son los más inadaptados, socialmente conflictivos y delincuentes, que vienen a aprovecharse del buenismo de nuestras instituciones y sistema de garantías personales y sociales.

La solución a tanta miseria solo se puede abordar con un desarrollo económico en los países de origen. Para comenzar, deberían de deslocalizarse empresas de baja tecnología o artesanales a estos países, para iniciar un desarrollo económico que, con su efecto multiplicador en la economía, al mismo tiempo les dé mayor estabilidad social creando una mínima clase media. No hace falta remontarse muy atrás para ver como China o Corea del Sur empezaron fabricando zapatillas y camisetas baratas y hoy están en la vanguardia tecnológica. En contra de lo que los progres idealistas puedan pensar, el problema comenzó con una descolonización prematura, concediendo la independencia a unos países que no estaban preparados, ni social ni económicamente. La consecuencia de esa insensatez son millones de muertos en revoluciones, guerras, epidemias, hambrunas, corrupción generalizada, analfabetismo y pobreza. Zimbabue es un caso paradigmático del fracaso de la descolonización. Este es el precio que han pagado y siguen pagando por unos ideales de libertad y autogobierno, objetivo imposible de alcanzar si no va acompañado de un mínimo bienestar material. Las revoluciones sólo han servido para encumbrar en el poder a dictadores que esquilman a sus pueblos, y son mirados con aquiescencia por la progresía mundial que estimuló su revolución independentista.

Instalados en la fase de desescalada del confinamiento de la pandemia del covid-19, se multiplican los casos de nuevos contagios originados por inmigrantes irregulares, que, por su propia esencia, quedan fuera de control policial. Estas personas incontroladas suponen un peligro adicional para el conjunto de la sociedad, tanto sanitario, como incluso económico, si los brotes llegan a generalizarse y hay que retroceder al estado de confinamiento. Grupos de inmigrantes ilegales, sabedores de la dejación legal e inmunidad que perciben, han procedido a ocupar viviendas desocupadas, o sólo temporalmente ausentes, continuando con robos en el vecindario para completar su modo de vida. Frecuentes son, aunque convenientemente ignorados por los medios de comunicación, las violaciones grupales cometidas por “menas”.

El derecho a la propiedad privada es básico en la concepción del estado de derecho liberal. La permisiva aceptación, por parte de la progresía, de las ocupaciones de viviendas por individuos que no reciben ninguna sanción, cuando, además, en muchos casos son redes delincuenciales, es inadmisible. Que la vivienda sea propiedad de un ciudadano o de una entidad financiera nada debe cambiar la consideración del delito de violación de la propiedad privada. Demagógica es la demonización de los mal llamados fondos buitre, que acceden a la propiedad según las leyes del mercado. Si hay alguna ilegalidad se debe acudir a los tribunales, en ningún caso es admisible el tomarse la justicia por su mano en una sociedad democrática. Si empezamos por admitir ciertas transgresiones, ¿dónde ponemos el límite para decidir cuáles son admisibles y cuáles no?. La constitución reconoce el derecho a la vivienda, pero es un derecho aspiracional, no un derecho de expropiación, de igual modo que el de reconocer el derecho a la felicidad de los ciudadanos, cuya consecución es un objetivo individual. Si el Estado lo quiere llevar a la práctica debe construir viviendas públicas, como ya hizo en el pasado para reubicar a la minoría gitana y erradicar el chabolismo. En ningún modo debe haber ninguna limitación a la propiedad privada de la vivienda, debiendo arbitrarse los medios para que este fenómeno de la “okupación” termine. Una sociedad que permite este descontrol está condenada a la anarquía, o dará paso a la creación de grupos de autodefensa ciudadana para suplir el papel del Estado, más preocupado por proteger a sus políticos que a los ciudadanos honrados que pagan sus impuestos. La inacción ante la “okupación” es el inicio del camino hacia el nuevo comunismo bolivariano, que es el objetivo oculto que muchos progres pretenden, aunque todavía no lo admitan públicamente.

Los vendedores callejeros, o “top manta”, que ejercen el comercio sin ningún tipo de autorización ni control sanitario ni legal del origen de sus productos, infringiendo la ley de propiedad industrial al vender falsificaciones, deben ser erradicados. De no hacerlo así, sería admitir que hay dos tipos de ciudadanos, los nacionales para pagar impuestos y los ilegales para recibir los beneficios sociales que aquellos pagan. Es inadmisible el doble rasero de que unos deban cumplir estrictas normativas, y contribuir con pagos a las distintas administraciones del Estado, y otros campen libremente a sus anchas. La defensa que de estos ilegales hacen los llamados progres, es sencillamente injusta e incompatible con un Estado de derecho.

Los “menas” son menores inadaptados, marginados o delincuentes que vienen a delinquir. Aquí se les acoge, se internan en residencias donde a menudo vandalizan las instalaciones o se revelan violentamente contra las normas del centro, reciben dinero para sus gastos y, supuestamente, se les da una formación. Cuando al cumplir los 18 años salen de los centros de acogida han desaprovechado la oportunidad de formarse e integrarse. Lo único que saben es delinquir para vivir sin trabajar y disfrutar de las ventajas de las redes de asistencia social. Eso sí, han aprendido muy bien sus derechos en nuestra sociedad, de los que se aprovechan generosamente, pero ignoran todo lo relativo a las obligaciones del respeto a los demás. Lo único que anida en sus almas es odio y frustración por no tener todo aquello que está a su alcance, creyendo, erróneamente, que aquellos que lo poseen no han tenido que pagar con su esfuerzo el derecho a su disfrute. Su conclusión es evidente, es la sociedad xenófoba la causa de su frustración. Esta actitud frentista es alentada por la izquierda, siempre al acecho para dividir a la sociedad y enfrentarla.

Los musulmanes tienen perfecto derecho a seguir su religión, e incluso construir sus mezquitas, pero también el deber de integrarse en el país de acogida, aceptando, en el ámbito público, sus costumbres y valores. No es de recibo que en los colegios haya que preparar menús especiales para sus niños. Es evidente que no les gustan los decadentes hábitos sociales de occidente, que aborrecen su moral licenciosa, que desprecian a sus mujeres y su depravado modo de vestir y comportarse, odiando todo cuanto ello representa. Si la convivencia con nuestro sistema les resulta tan odiosa, deberían regresar a su propio país, u otro cualquiera de cultura musulmán donde tienen muchas opciones de elección. Lo peligroso es que continúen entre nosotros y, cuando el odio les desborde, la emprendan a machetazos indiscriminados contra los primeros que encuentren, o atropellen a la multitud, o coloquen una bomba en un lugar público para hacer el mayor daño posible.

Hago estas reflexiones a la vista del descontrol social que se ha instalado en nuestra sociedad, justificando el incumplimiento de la ley por una acción humanitaria para ayudar a los más débiles. Los medios de comunicación, que han perdido toda credibilidad, juegan con los sentimientos más elementales. Presentan el testimonio de una pobre madre con tres niños, o a un niño muerto ahogado después del naufragio de una patera, o a la compungida mujer embarazada, haciendo de estos casos particulares una causa general, apelando a los sentimientos con total ausencia de análisis objetivos. El problema de la inmigración ilegal es el más injusto camino para ayudar a quien realmente lo merece, ya que prima a los incumplidores de la ley y se deja vía libre a las mafias que comercian con ellos. Una actitud laxa ante el incumplimiento de la ley conduce a la anarquía social, ya que por la misma regla se admite que los políticos mientan en sus compromisos electorales, que usen del nepotismo y abuso de poder, que falseen sus datos académicos e incluso su patrimonio. Actitudes como las descritas, que descalificarían éticamente a muchos de nuestros políticos por indignos para puestos públicos, y que en otros países serían causa de dimisión o destitución inmediata, aquí pasan como simples noticias corrientes sin mayor trascendencia, que incluso se justifican y que rápidamente se olvidan. Esta actitud social es claro reflejo de la decadencia moral que nos invade. Es evidente que la sociedad no es mucho mejor que sus políticos, ya que ellos son una extracción de la misma.

Quiero manifestar mi respeto por la religión y cultura musulmana, que sin compartir muchos de sus postulados, ha dado muestras de gran esplendor en épocas pasadas, tanto en el campo artístico como científico. Cuando visito un país musulmán me esfuerzo en mimetizarme lo más posible con la población, como por otra parte hago siempre en cualquier otro país. Sigo la máxima o refrán de “allí donde fueres, haz lo que vieres”, que siempre ha estado presente en mis itinerarios a lo largo y ancho del mundo. Creo que la musulmana es una sociedad muy fuerte socialmente, a la que le falta la puesta al día cultural y el desarrollo científico, así como liberarse del lastre que supone el fanatismo religioso, sus numerosos conflictos bélicos y enfrentamientos entre las distintas corrientes religiosas. Superados esos obstáculos, en el momento que encuentre su camino será una fuente de sorpresas para muchos.

El respeto a la religión y sus preceptos, la concepción de la familia, el mantenimiento de valores tradicionales que en occidente se han perdido, creo que pueden constituir sus puntos fuertes en la medida en que el incremento de la cultura y nivel científico maticen el dañino fanatismo que la limita y castiga. Pero no hay que engañarse, es una sociedad antagónica a la nuestra que siempre ha estado enfrentada a la civilización judeo-cristiana, situación que creo se mantendrá en el futuro. Esta lucha entre culturas tan antagónicas no creo que se libere en el campo de batalla, sino más sutilmente a través de la parasitación progresiva de nuestra sociedad alegre y confiada. Es solo cuestión de tiempo.

Me viene a la cabeza la novela titulada “Soumission”, escrita por Michel Houellebecq y publicada en 2015, que trata de la islamización de Francia en un hipotético futuro, claro ejemplo del género de ficción política. Aunque hace ya años que la leí y no recuerdo muchos detalles, el proceso de islamización que describe no considero que represente un peligro inmediato para nuestra cultura, pero sí es motivo de una seria reflexión para evitar asumir riesgos innecesarios derivados de la ceguera de muchos políticos y medios de comunicación frente a la inmigración ilegal actual.

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