2019/09/19
Repetición electoral
Una vez más asisto asombrado al sentir general de la prensa y tertulias políticas, repitiendo al unísono el monotema de a quien atribuir la culpabilidad por no haber sido capaz el candidato a la presidencia del gobierno, y los distintos partidos políticos, de articular una investidura. También es coincidente la opinión de que la ciudadanía está “cabreada” con los políticos por su incapacidad para llegar a acuerdos, pronosticando su hartazgo con esa misma clase política que conducirá a una mayor abstención.
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Esta unanimidad en el análisis pone de manifiesto que la información está cada vez más concentrada en unos pocos medios, que a su vez son los creadores de opinión, retroalimentándose en un circuito cerrado. La coincidencia de la misma línea interpretativa es una clara muestra de una sociedad cada vez más alienada, y de la escasa capacidad intelectual de los profesionales de la información que no saben, o no se atreven, a discrepar. Las tertulias de análisis político se han convertido en puro espectáculo, donde algunos participantes muestran sin el menor pudor su pobre capacidad intelectual.
Parto de la base de que tengo una pésima opinión de las personas que se dedican a la política. Su cinismo para encajar las continuas y merecidas descalificaciones, su falta de honestidad para prometer lo que no pueden cumplir a sabiendas de ello, su ambición por alcanzar el poder a casi cualquier precio, su falta de honestidad en muchos casos contrastados, su falta de madurez intelectual, su prepotencia manifiesta, su egocentrismo, y tantas otras carencias, que casi se pueden generalizar a la totalidad de la clase política, hacen que mi actitud hacia ellos sea cualquier cosa menos de admiración. Dicho sea de paso, seguro que hay excepciones, aunque yo creo que ninguna persona honesta y equilibrada, a medio plazo, puede sobrevivir en ese entorno manifiestamente tóxico.
Discrepo claramente del análisis que se hace, afirmando que los partidos políticos deben llegar a acuerdos aun a costa de incumplir sus programas. Si reiteradamente les reprochamos precisamente que incumplen aquello que prometen en campaña, difícilmente podemos aceptar ahora lo contrario. Deben ser los ciudadanos los que decidan nuevamente, previa campaña electoral, sobre las nuevas propuestas de los candidatos o sus modificaciones programáticas. Lo coherente, sensato y honesto es presentar un programa al electorado y luego cumplirlo. Eso es la esencia de la democracia y no los procesos asamblearios continuos que no son más que una descarada manipulación de las masas por parte líderes populistas.
Otro tópico también aceptado por la corrección política es que el pueblo nunca se equivoca con sus votos. Esa es otra falacia que queda en evidencia ante multitud de procesos democráticos ganados por políticos populistas sin escrúpulos que conducen a sus pueblos a conflictos bélicos o al empobrecimiento general de la población. Su vieja táctica es prometer todo para conseguir la victoria a través del voto, para después ejercerlo en beneficio propio y de su camarilla de forma antidemocrática, perpetuándose luego en el poder. La historia reciente está plagada de estos estadistas. El único antídoto contra este virus es la cultura y la libertad de prensa. Contrariamente a lo que podríamos pensar, en el mundo desarrollado la capacidad de crítica constructiva y la confrontación de ideas está más limitada que nunca. El riesgo populista, que antes solo afectaba a determinadas áreas geográficas, se está asentando también en el mundo desarrollado. El sometimiento de la prensa y medios de información a la corrección política es también evidente, colaborando a un creciente fenómeno de alienación social.
Rotundamente considero que no es un fracaso la vuelta a las elecciones, para que sea nuevamente la ciudadanía la que decida con su voto, tenga el signo que tenga, un nuevo parlamento, como único camino para fortalecer la democracia. Es la actitud responsable, razonada y madura de cada votante, dejando al margen inclinaciones puramente pasionales, la única garantía de pervivencia de un auténtico Estado democrático. Es posible que algunos ciudadanos no acudan a las urnas cansados de la política y los políticos, postura que considero un error porque implica la renuncia al derecho básico de la democracia. El voto es la única fuerza real del pueblo sobre su gobierno. Del voto dependerá el partido ganador, y consiguientemente la política que nos impondrán y que regirá nuestras vidas, en algunos casos por períodos muy superiores a una propia legislatura, por los cambios estructurales que puedan introducir.
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