2019/11/19
La inmadurez de la clase política
"Cada nación tiene el gobierno que se merece", cita atribuida a Joseph de Maistre, refleja la cruda realidad de las consecuencias del mal gobierno, cuyo responsable último es el cuerpo electoral que lo eligió. La corrección política obliga a asumir que el pueblo nunca se equivoca en la elección de su voto, lo cual es una falacia. Si el pueblo es inculto y democráticamente inmaduro, es muy probable que se deje seducir por las promesas demagógicas, generalmente irrealizables o de funestas consecuencias, y sea víctima sentimental del marketing electoral. La propaganda política presenta a los candidatos visitando una escuela de niños enfermos, o una residencia de ancianitos, identificándolos siempre con casos o causas de minorías desfavorecidas. La finalidad de estos mensajes es tocar la fibra sensible del elector para moverlo por sus sentimientos y no por su raciocinio. Hay una tendencia natural a identificarse con el más débil, por lo que las causas de la izquierda, que dice defender a los más desfavorecidos y al mismo tiempo pregona la igualdad de todos los ciudadanos, alcanza a una gran masa de electores que se niegan el esfuerzo intelectual de confrontar esas promesas con su posibilidad de cumplimiento y sus posibles consecuencias adversas para el futuro.
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La banalización de la política ha convertido las campañas electorales en un show de charlatanes. El triste espectáculo que ofrecen se traduce en la elección de una clase política que exhibe un lamentable nivel intelectual, ausencia de madurez y de valores, y donde la mentira reina por doquier sin el más mínimo asomo de pudor. La experiencia laboral de los políticos en la vida real es nula, salvo contadas excepciones, siendo la mayoría procedentes del activismo político o de la administración pública, donde todos sabemos el nivel de de entrega y eficacia que exhiben, y donde la ausencia de sentido común es la regla. Sin inteligencia natural y sentido común difícilmente se gobierna una familia y mucho menos un país. Una vicepresidenta del gobierno, Carmen Calvo, ha llegado a decir que "el dinero público no es de nadie". Lo lamentable es que los votantes no percibamos que la ideología que enarbolan es solo una escusa para conseguir votos y alcanzar el poder, fin último de todo político, sin considerar los efectos adversos que sus políticas van ocasionar para el país y que indefectiblemente deberán corregirse con dolor en el futuro.
En el mundo económico, en un entorno de libre mercado, solo sobreviven las empresas más eficientes. El equipo humano es la elemento clave de las empresas para conseguir el objetivo de un beneficio suficiente que permita la supervivencia de la empresa, las necesarias inversiones, la retribución del capital invertido y el pago de impuestos, asegurando su subsistencia en un entorno continuamente cambiante. La dirección de la empresa es la responsable de alcanzar esos objetivos. Para su consecución debe planificar el futuro, organizar el proceso productivo optimizando el rendimiento, coordinar los distintos departamentos y dotarlos de los mandos más adecuados al puesto, sin olvidar el obligado control de todo el equipo implicado. El acierto en las decisiones marca la diferencia entre el éxito y el fracaso. Para la selección de los distintos directivos se analizan las cualidades de los candidatos, con especial atención a la formación específica, experiencia previa, sentido de responsabilidad, motivación para el puesto, entre otras, además de unas condiciones psicotécnicas que muestren su capacidad y equilibrio.
Si para dirigir una empresa se tienen en cuenta todos esos factores, sorprende que para el gobierno de una nación ningún requisito formativo sea necesario. El perfil del político actual requiere ser suficientemente cínico para mentir mejor que sus contrincantes, manipulador de la organización interna del partido para conseguir un apoyo sin fisuras, purgando a los disidentes cuando las circunstancias lo exijan, ser un buen actor para interpretar pasión en los mítines que enardezcan a los convencidos y parecer sincero a los electores, ser inmune a la crítica, tener una ambición sin límites, y carencia total de valores ético-morales, que solo se enarbolarán para sensibilizar al elector, pero que luego se olvidan una vez conseguido el poder.
El caso de Pedro Sánchez es escandalosamente flagrante. Dice una cosa y la contraria sin inmutarse, como si los ciudadanos fueran tontos o sufrieran amnesia instantánea. Su cinismo, ausencia de valores, ambición sin límite, prepotencia y narcisismo, hacen de él un caso digno de estudio psicológico, superando en incompetencia a José Luis Rodríguez Zapatero, cosa que parecía imposible. Si no estuviéramos en una democracia consolidada, como es la española por el momento, asistiríamos a una versión autóctona de Nicolás Maduro o Evo Morales, haciendo lo posible y lo imposible para perpetuarse en el poder. ¿Se impondrá algún día el sentido común en este nuestro sufrido país?
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