2019/11/28
La desmembración de España
En pleno siglo XXI, donde la globalización se muestra imparable, la dimensión de los Estados es fundamental. Solo los grandes mercados dominarán el nuevo concierto mundial. En la posguerra europea algunas mentes preclaras supieron ver esta realidad de futuro e idearon los cimientos de lo que habría de ser el MCE, para luego evolucionar hacia la actual (UE) Unión Europea. La agrupación en unidades supranacionales es el único camino para hacer frente a la potencialidad económica de USA, China, Rusia, o India en un próximo futuro.
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El nefasto sistema de las autonomías en España conduce inevitablemente a la desmembración del Estado. La injusta ley electoral en vigor prima desproporcionadamente la concentración del voto en los distritos electorales provinciales. Por esta razón, en las comunidades llamadas históricas, País Vasco y Cataluña, con partidos nacionalistas, consiguen una representación sobredimensionada que hace que sus votos condicionen, en la mayoría de los casos, la formación del gobierno de la nación. Así, con menos de un 3% de los votos del país consiguen ser árbitros de la formación de gobiernos, obteniendo a cambio, como premio a su chantaje, contrapartidas desproporcionadas en perjuicio del resto de comunidades. Esta actitud produce un efecto contagio, ya que, bien sabido es que "el que no llora no mama", se llega a la conclusión de que si no tienes un partido regional no hay contrapartidas a conseguir. Consiguientemente surgen como setas partidos locales, Coalición Canaria, BNG, Partido Regionalista de Cantabria, Teruel Existe, CHA, etc, por citar solo algunos, que pronto harán totalmente ingobernable el país al perder relevancia acelerada los partidos de ámbito nacional.
Las comunidades de Cataluña y País Vasco son escandalosamente insolidarias. Hay que decir que ambas gozan de un nivel de vida superior a la media del resto de la nación, pero ello es debido a razones fácilmente explicables y no a su superioridad racial, ni mayor espíritu de trabajo u otras fantasiosas razones nacionalistas.
El caso catalán, como todos los nacionalismos, busca legitimar su existencia en las raíces históricas de un reino medieval, en este caso de la corona de Aragón, convenientemente distorsionado para adecuarlo a sus fines, aunque poco tenga que ver con la realidad histórica. La lengua es el único elemento real distintivo, auténtica bandera de su seña de identidad, que adecuadamente potenciado les sirve para cohesionar a una parte importante de la sociedad en torno a su ideal nacional. Para exacerbar el nacionalismo se enfrentan al resto del Estado a quien presentan como opresor y centralista, creando el supuesto enemigo exterior que todo nacionalismo precisa. Pregonan sin cesar un constante victimismo en base a supuestos agravios, llamando a la sociedad a revelarse contra tamaña injusticia, identificando a quienes se adhieren a la causa como patriotas, y tachando a los demás de traidores. Toda esa manipulación es el adecuado aderezo de los políticos de turno como único medio para encaramarse en el poder. Todos los argumentos que emplean para justificar su deseo de independencia están basados en hechos manipulados, medias verdades y descaradas mentiras.
Los seguidores ciegos del independentismo catalán podemos clasificarlos en los siguientes grupos. 1- Los dirigentes políticos que, lejos de todo idealismo, solo lo abanderan como medio para conseguir logros personales de poder. 2- Los que egoístamente piensan que van a conservar o incrementar su riqueza individual en un estado más pequeño y más manipulable. 3- Los jóvenes idealistas que se han creído las soflamas de que son víctimas de la opresión que sufren por parte de un país inferior, sin someter estas afirmaciones a una mínima crítica racional, siendo presa fácil de los demagogos de turno, cuando España es uno de los países más libres del mundo. 4- Finalmente una masa poco avisada, con la justa cultura televisiva y sin criterio propio, que se deja arrastrar por la propaganda nacionalista con unos sentimientos puramente folclóricos. En resumen, todo éste movimiento podría parecer una ópera buffa si no fuera por las graves consecuencias que esta actitud pueblerina y cazurra puede ocasionar, tanta para Cataluña como para España.
La insolidaridad es evidente. En el siglo XVIII, Cataluña tenía menos población que Galicia. Solo como consecuencia de su integración en un reino centralista, eliminando las fronteras interiores que entonces existían, pudo desarrollar el potencial que le proporcionaba su posición geográfica y la pertenencia a un gran mercado que suponía el imperio español de la época. El siglo XIX fue especialmente importante, ya que entonces se produjo el despegue industrial de Cataluña, gracias a un mercado interior cautivo, protegido por grandes aranceles que les otorgaba el monopolio de sus productos textiles en España y las colonias. Gran parte del capital que posibilitó la industria textil vino de las explotaciones de caña de azúcar en Cuba, con los beneficios conseguidos con el comercio de esclavos y los ingenios azucareros.
Un ejemplo muy clarificante es el que nos ofrece el universalmente conocido escritor romántico francés Stendhal, autor de la Cartuja de Parma y Rojo y Negro, en el relato de su viaje por España en 1837:
"Cabe señalar, sin embargo, que en Barcelona se predica la virtud más pura, la utilidad de todo, pero que al mismo tiempo se quiere tener un privilegio: graciosa contradicción.
Los catalanes se me parecen totalmente al caso de los señores maestros de forja de Francia. Estos señores quieren leyes justas, excepto la de aduanas, que debe ser hecha a su medida. Los catalanes piden que cada español que usa los tejidos de algodón pague cuatro francos por año, por el hecho de existir Cataluña.
Es preciso que un español de Granada, de Málaga o de La Coruña no compre tejidos ingleses, que son excelentes y que cuesten un franco la vara, por ejemplo, y se provea de los tejidos de Cataluña, muy inferiores, y que cuestan tres francos la vara. Además de esto, estas gentes son republicanos convencidos y grandes admiradores de Jean-Jacques Rousseau y del Contrato Social; pretenden querer lo que es útil para todos y detestar las injusticias beneficiosas a unos pocos, es decir que ellos detestan les privilegios de la nobleza que ellos no tienen, y quieren continuar gozando de los privilegios del comercio, que en otro tiempo habían extorsionado a la monarquía absoluta con sus revueltas. Los catalanes son liberales como el poeta Alfieri, que era conde y detestaba a los reyes, aunque consideraba sagrados los privilegios de los condes."
Queda claro el origen de la industrialización catalana y su posterior desarrollo, todo ello gracias al resto de españoles que compramos y pagamos un sobreprecio por sus fabricados. Todo lo demás carece de mérito y no hace más que ahondar la brecha entre ellos y el resto del Estado. Esto equivale, dicho coloquialmente, a "ser puta y poner la cama" cuando hoy se atreven a decir que España les roba. Que se lo crean allí los ignorantes pueblerinos puede entenderse, pero que el resto de España desconozca la verdad no tiene perdón.
El caso del País Vasco es parecido. Era un país rural y pesquero no distinto de otras zonas costeras del norte de España. Históricamente se le concedieron ciertos privilegios originados por su posición fronteriza para que no se inclinaran del lado de la monarquía francesa en los continuos conflictos entre ambos países. Lo que potenció su desarrollo industrial en el siglo XIX fue la existencia de minas de hierro, que permitieron el desarrollo de una potente industria siderúrgica, en perjuicio de Asturias, la gran productora de hulla.
Una vez que se pone en marcha una industria importante, el efecto multiplicador que produce conduce al desarrollo de toda la región. En ambos casos, Cataluña y País Vasco, su bienestar actual es la consecuencia de la pertenencia y proteccionismo de que se beneficiaron por formar parte de un país como España, donde el resto del Estado les compramos su producción a precios desmedidos, por decisión gubernamental debido una política arancelaria proteccionista. España nunca les ha robado, sino que los ha enriquecido.
La insolidaridad actual, especialmente desde la transición democrática, es incalificable. Se les ha dado un alto nivel de autonomía, difícil de encontrar incluso en estados federales, cuentan con unos privilegios históricos que se han mantenido a pesar de su anacronismo en el siglo XXI, y que ponen en cuestión el principio constitucional de la igualdad de todos los españoles. Son como niños consentidos que a pesar de que les has consentido todo, su descontento es permanente. El capítulo de las concesiones ha sobrepasado ampliamente el límite de lo razonable.
La declaración unilateral de independencia de los catalanes, su propaganda exterior negativa descalificadora de la España que los enriqueció, no tiene parangón ni en la más oscura leyenda negra pregonada por los ingleses en siglos pasados. El chantaje permanente al Estado constitucional, que pretenden subvertir no acatando las leyes, el insulto permanente al resto del Estado, la ridiculización a que nos someten, desbordan el más estoico de los espíritus. Por el contrario, cualquier intento de aplicar la ley es dramatizado como una ofensa injustificable a su autonomía, o como un ataque a su cultura y tradiciones, exigiendo el derecho a decidir y autodeterminarse.
El Estado no tiene más alternativa que aplicar la ley con toda la contundencia que sea necesaria, y proporcionalmente a la gravedad de sus delitos cometidos. Si su postura es inamovible exigiendo un referéndum de autodeterminación, más inmutable tendrá que ser la oposición a la misma, por su manifiesta ilegalidad constitucional, además de las razones expuestas de injusticia histórica de insolidaridad con el resto del Estado.
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