2019/12/22
La irresponsable moda de las mascotas
Hace veinticinco años era difícil encontrar perros en las calles españolas. El perro ha sido históricamente un animal doméstico, siempre presente en el medio rural y en perfecta simbiosis con la familia, alimentado de las sobras de los humanos y colaborando eficazmente en el cuidado del ganado o como medio de guarda de la casa. El otro gran compañero humano era el gato, que también recibía los restos de comida, retribuyendo a la familia con su eficaz trabajo de persecución de ratas y ratones manteniéndolos alejados de los alimentos domésticos.
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De esa perfecta armonía entre humanos y animales de compañía, de la que ambos resultaban favorecidos, hemos pasado a la tenencia de animales por puro capricho. Del respeto a su libertad, naturaleza e instintos, hemos pasado a someterlos a una prisión permanente que supone vivir en un pequeño piso de ciudad sin apenas movilidad. A esta anómala situación de encarcelamiento hay que sumar la tortura a la que se les somete para educarlos, retener sus naturales necesidades biológicas, someterlos a una alimentación que no por cara es la más natural, cuando no esterilizarlos u otras prácticas que yo calificaría de crueles.
Como puro capricho, también sucede que muchos se cansan del “juguete” y de lo que implica de disciplina a las mínimas atenciones que requiere. La solución más utilizada es el puro y simple abandono. He leído que en España se abandonan anualmente unos 150.000 perros. Desconozco la fiabilidad de la cifra, pero en cualquier caso creo que es secundaria, ya que lo que cuenta es el hecho en sí del abandono del perro como solución.
En mi opinión, el mantenimiento de perros en la ciudad es algo antinatural y difícilmente justificable en base al cariño por los animales, únicamente defendible por el egoísmo de los humanos que los tienen, que utilizan como medio para suplir las carencias afectivas de los humanos, de tener a un ser bajo su dominio absoluto sin que quepa protesta por su parte. A todo ello hay que sumar los peligros higiénicos que suponen los orines en paredes de casas y establecimientos comerciales, además de los frecuentes excrementos sobre las aceras de algún perro con dueño poco responsable.
En Alemania, que en muchos aspectos es tomado como modelo de sociedad avanzada, los perros pagan un impuesto que varía en cada Bundesland. El primer perro puede pagar entre unos 140 y 200 euros al año de impuesto, tienen que estar registrados e identificados con un chip y requieren seguro de responsabilidad civil, entre otras obligaciones. Considero que una medida de esta naturaleza ayudaría a regular mejor la tenencia responsable de mascotas.
El presente comentario surge por una noticia que he leído sobre la propuesta de un concejal de aplicar la eutanasia a perros abandonados, de razas peligrosas, viejos y enfermos con nulas posibilidades de adopción. Las críticas que dicho concejal recibió acusándolo de asesino, nazi, que debería ser él el ejecutado, entre otras lindezas de supuestos amantes de los animales, me dejaron tan sorprendido que creo deben ser objeto de reflexión. Por otra parte, esta medida es aplicada de forma sistemática en España en la mayoría de ayuntamientos de todo signo político, pero simplemente no se le da publicidad. Lo curioso es que las personas progres, muy amantes de los animales ellas, que critican la eutanasia a un perro que vive en condiciones lamentables, son las más ardientes defensoras de la eutanasia humana, ya que consideran que no hemos venido a este mundo a sufrir. Pero, claro, un perro no puede ser objeto de tal “liberación”.
Como reflexión final hay que cuestionarse el por qué esta sociedad nuestra necesita de mascotas en lugar de disfrutar de la compañía de otros seres humanos. El materialismo imperante, la soledad no buscada, el egoísmo que se estimula desde la propia enseñanza carente de valores, hacen necesario un medio para descargar la necesaria afectividad. Es bien triste, a la vez que preocupante, que a los animalistas les importen más sus mascotas que otros seres humanos. Claro que, prefieren tener esclavos sometidos a su voluntad y caprichos en lugar de convivir con otros humanos a los que también deben respeto, y a los que hay que dar cuidado y afecto para recibir lo mismo en contrapartida, como razonablemente debe ser en pura equidad.
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