El coronavirus y la incompetencia de la Administración Pública 2020/01/09
Estamos asistiendo a la rápida difusión de la epidemia del coronavirus o covid-19. Es evidente que un problema sanitario de este calibre no es fácil de gestionar, ya que en su solución intervienen un cúmulo de alternativas sociales de difícil conciliación. El primero y principal objetivo a alcanzar es preservar la salud pública. Algunas de las necesarias medidas a adoptar para conseguir ese objetivo tienen indudables consecuencias económicas y personales, por lo que los políticos de turno tienden a ignorarlas para no irritar a los ciudadanos.
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Esta actitud evasiva de las autoridades públicas podría ser comprensible si fuéramos el primer país donde se ha originado el problema y se careciera de datos sobre la expansión de la enfermedad. Lo que ya no es admisible es que después de ver las consecuencias de no actuar se siga en la inacción, lo que conducirá inevitablemente a la adopción de medidas incluso más drásticas. China ocultó en un primer momento la enfermedad y acalló a quienes la difundían acusándolos de enemigos del pueblo. La realidad es tozuda y al final tuvo que decretar el aislamiento de una región completa de más de 50 millones de habitantes. Italia se ha visto obligada también a someter a cuarentena a 11 provincias que totalizan más de 15 millones de personas, después de haber retrasado previamente la toma de medidas.
¿Qué estamos haciendo en España? Pues nada. Los casos aumentan en progresión geométrica, por lo que en el plazo de 10 días estaremos en una situación similar a la que hoy tiene Italia, o tal vez peor. No se restringen las concentraciones ni la movilidad de personas, habiendo celebrado el domingo 8 de marzo el día de la mujer con manifestaciones masivas en todo el país. Se celebran actos deportivos, conciertos, y eventos recreativos en general sin restricción alguna. Vemos en la televisión que a familiares de personas infectadas no se les realiza ningún tipo de control, por lo que cabe preguntarse racionalmente si estamos haciendo lo correcto o caminamos al abismo.
Contrariamente a lo que muchos ignorantes creen, tomar decisiones acertadas no es fácil. De hecho, la elección de un buen director general en cualquier empresa es una decisión capital que puede marcar el éxito o fracaso de la misma. Elegir el hombre adecuado es complejo, ya que el problema radica en que entran en juego múltiples capacidades, muy distintas al hecho de poseer un título académico, que hoy en día está al alcance de cualquiera al haber bajado sustancialmente el nivel académico. Inteligencia general, visión de conjunto para una buena planificación, capacidad de creación y motivación de equipos de trabajo, ser buen organizador, coordinador y controlador de los distintos departamentos, además de dotes de liderazgo, empatía y prospectiva, entre otras, son las cualidades que debería reunir un buen gerente.
Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias del Ministerio de Sanidad, da la impresión de ser un progre más, adornado de buenas intenciones, con una trayectoria profesional de voluntariado en países subdesarrollados, especializado en enfermedades víricas. Desconozco sus méritos como gestor de la trascendental función que ahora tiene encomendada, pero mucho me temo que sea incompetente para la misma a la vista de la inacción manifiesta ante el grave problema que padecemos. Sus intervenciones públicas se limitan a tranquilizar a la población y reiterar que estamos en la fase de contención del virus.
El principio de Peter, enunciado por el Dr. Laurence J. Peter en su estudio sobre jerarquiología, o estudio de la jerarquía en las organizaciones administrativas modernas, dice que:
“En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”.
Un buen mecánico, si es ascendido a jefe de taller, puede convertirse en un mal jefe, por carecer de las condiciones de mando específicas requeridas para el puesto, a pesar de ser un buen mecánico. De igual modo, un buen médico puede ser un desastre como director de hospital, ya que la gestión del mismo nada tiene que ver con la función específica de curar.
El papel de la prensa en general, y de los medios públicos en particular, nunca han alcanzado un nivel de servilismo tan escandaloso. Los periodistas invitados a las tertulias televisivas o radiofónicas parecen un rebaño de ovejas repitiendo los mismos argumentos. Son gente sin criterio personal alguno, que en la mayoría de los casos se retroalimentan de la corriente de pensamiento en boga, siempre dentro de la más estricta corrección política. Es patético ver algunos intervinientes que muestran menos conocimiento de los asuntos a debate que cualquier ciudadano medio informado, pero no tienen el menor pudor en opinar sobre cualquier tema. Podría escribirse un libro con casos francamente escandalosos de lo bajo que ha caído la profesión, mostrando el estado patético del periodismo actual en España. Vetada cualquier opinión discrepante de la corriente oficial, con los creadores de opinión en cartel no pueden extrañar ciertos comportamientos de una población crecientemente alienada. La sociedad se ha quedado huérfana de referencias, ya que a la nula credibilidad de los políticos se suma una prensa servil al poder progre.
Hay una cita atribuida a Facundo Cabral que dice:
“Le tengo miedo a los idiotas porque son muchos y pueden elegir a un presidente”
Este es uno de los puntos débiles de la democracia. Lamentablemente hay más pobres que ricos, más ignorantes que cultos, más jóvenes alocados que juiciosos, como ya puso de manifiesto Platón sobre los males de la democracia ateniense. La consecuencia es que los cargos públicos elegidos no siempre son los más adecuados. Tienden a tapar su ignorancia rodeándose de otros más incapaces que ellos para que no les hagan sombra, y al mismo tiempo los alaguen para satisfacer su ilimitada vanidad. Por otra parte, los políticos no son más que una extracción de la sociedad que representan, por lo que cargan con todas las carencias éticas que afectan a la población en general.
El actual gobierno de coalición de socialistas y comunistas está lleno de incompetentes, muchos de los cuales no han desempeñado en su vida en un trabajo real, aportando solo su actividad como activistas y agitadores sociales, o han sido simplemente funcionarios. Recién llegados a los ministerios, con grandes despachos, coche oficial, personal a su cargo, altos salarios y henchidos de la erótica del poder, parece que viven en un orgasmo permanente en la convicción de que van a cambiar el mundo solo con su presencia en el puesto. Lamentablemente la realidad es más compleja, y de incompetentes es difícil que surja nada bueno.
El objetivo de la igualdad es su estandarte supremo, de tal modo que vendiendo esta ilusión consiguen los votos que les aúpan al poder. Creen insensatamente que solo con decreto pueden hacer que todos seamos iguales. Cualquiera puede ser titulado universitario, lo cual es muy fácil de conseguir bajando el nivel para que todos aprueben; las competencias que les falten, ¿a quién le importan? Igualar el salario también es fácil por decreto, aunque nada nos dicen de las consecuencias, ni quién comprará los productos al precio que resulten, ni quién pagará impuestos si las empresas quiebran. Salario básico para toda la población, también es fácil, aunque no veo la solución de cómo financiarlo, tal vez acudiendo al aumento la deuda pública, si bien no sé quién se va a fiar de un país superendeudado que acabará en la bancarrota. Siendo la igualdad un supuesto derecho divino para todos, ya de paso, por qué no decretan que todos seamos guapos para acabar con la discriminación de que unos triunfen por su imagen y otros no tengan atractivo alguno. Y de igual modo, por qué no decretan que todos seamos altos y fuertes para triunfar en el deporte. No es justo que algunas estrellas del fútbol ganen millones mientras otros tengamos que conformarnos con ser mileuristas y no podamos aspirar a parejas tan atractivas como las que esos privilegiados tienen.
“Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras”. Aunque no es una sentencia cervantina, está suficientemente acuñada como para que venga al caso. Tiempo al tiempo.
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