La ceremonia de los Premios Goya 2020 2020/01/25
Un año más se ha celebrado la gala de los Premios Goya. En este acto, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España concede los premios a las producciones cinematográficas nacionales del año anterior. La Academia del Cine la componen los propios profesionales del sector, tanto directores y técnicos como actores, cuya principal y casi exclusiva actividad es la organización de la gala de los Goya, además de ser un lobby de presión para conseguir ayudas públicas.
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Según la memoria del Ministerio de Cultura y Deporte, Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales, en el año 2018 se concedieron al cine 111.876.600 Euros, con un incremento del 56,09% respecto al año anterior.
Como ya es habitual, se aprovecha la gala y su supuesta repercusión mediática para hacer reivindicaciones sociales con un claro sesgo político, escorado sin el menor pudor a los postulados de la izquierda radical, eufemísticamente llamados progresistas, criticando al mismo tiempo los valores y políticas liberales.
Como en los últimos años, sigue en boga el movimiento feminista en su versión más radical o hembrista. Alcanzada ya la igualdad de derechos de ambos sexos desde los lejanos años de la transición española, siguen luchando los progres para imponer los postulados de la izquierda radical con una clara finalidad de lucha política partidista tendente a captar el voto femenino. Bajo el postulado de la igualdad, se trata ahora de imponer un empoderamiento de la mujer por el solo hecho de serlo, una igualdad efectiva por decreto con total ausencia de criterios de mérito, que sin duda desembocará en el enfrentamiento de sexos. Claramente defienden una igualdad asimétrica privilegiando a la mujer, es decir, una clara marginación del hombre.
El eje central de su reivindicación es el menor número de mujeres en puestos directivos y la menor retribución media de las mujeres respecto a los hombres, que dicen ser la causa de la brecha salarial existente. Consideran que la brecha retributiva se deriva de la existencia de una sociedad heteropatrialcal que favorece al hombre, a pesar de que está jurídicamente desmontada e inexistente ya desde hace muchos años. Hacen abstracción de los trabajos masculinos penosos o de gran peligrosidad, que por razones obvias las mujeres no desarrollan; o los de mayor especialización, que están abiertos a cualquier sexo, pero que por el esfuerzo que requieren no son tan apetecibles para las mujeres.
Ya el colmo de la desfachatez es la petición de más ayudas para el sector, en especial para mujeres directoras de cine, papeles relevantes en las producciones para actrices maduras, guiones con papeles protagonistas predominantes para mujeres que potencien la imagen de empoderamiento de la mujer, y la reiterada demanda de mayor retribución para las mujeres por la supuesta brecha salarial. No olvidan tampoco la victimización que supone el sacrificado papel de la mujer que trabaja 24 horas, atendiendo el ámbito laboral y doméstico.
Estas reivindicaciones, carentes de todo sentido en aquellos actores y actrices que las reclaman, están ampliamente superadas en el ámbito jurídico que reconoce la igualdad de derechos. Indudablemente existirán muchos casos de parejas con un comportamiento machista, como también en sentido contrario, hembrista. Eso nos conduce al ámbito privado de la pareja y su reparto de roles, siendo uno de los múltiples problemas de convivencia que cada uno debe resolver con su particular criterio bajo el amparo de la ley. Y ya sabemos, si el acuerdo no es posible, cada uno por su lado, y aquí paz y después gloria.
Esas peticiones, con un claro sesgo político, varían en intensidad dependiendo de la ideología del partido en el gobierno. De igual forma que la lucha sindical, se calientan cuando gobierna un partido liberal o conservador y se apaciguan cuando gobierna la izquierda. Los gobiernos progresistas siempre son muy generosos con lo que ellos llaman cultura, como si producir bodrios cinematográficos que nadie ve, financiados con dinero público, fuera cultura. Es difícilmente justificable desde una perspectiva de izquierda financiar los caprichos de los niñatos y niñatas inadaptados y mal criados, en lugar de destinar esos fondos a los múltiples problemas sociales existentes y desatendidos. Pero claro, para los progres son prioritarios estos “artistas” que no quieren trabajar como el común de los mortales, porque es más guay o más cool ser artista y llevar una vida bohemia, salir de copas, y, por supuesto, no hay que levantarse a las siete de la mañana, trabajar ocho horas y tener solo los fines de semana para atender a las necesidades personales y de familia.
El espectáculo de la ceremonia de los Goya es francamente hortera, como poco. Las actrices, todas ellas tan feministas e igualitarias, rivalizan por lucir unos modelitos, de gusto discutible en muchos casos, cosificando a la mujer, que el movimiento feminista tanto demoniza pero que en este caso nada dice al respecto, hay que suponer que como contrapartida a la publicidad que hacen de sus postulados. Actitud que contrasta con su ácida crítica contra las azafatas de ferias y eventos. Los generosos escotes, las rajas exageradas en los vestidos de fiesta, las joyas y otros aditamentos, son un insulto a los principios igualitarios que dicen defender. Todos los millones de euros gastados en las subvenciones y el propio coste de la gala, claramente estarían mucho mejor empleados en potenciar de verdad la cultura, financiando bibliotecas, concursos para estudiantes, becas y premios a los estudiantes más brillantes que estimulen el esfuerzo y espíritu de superación, en lugar de financiar auténticos holgazanes que viven de la admiración de los papanatas que leen las revistas de cotilleo.
Los artistas premiados en estas galas son la élite de la profesión, generosamente pagados, viviendo una vida de lujo y despilfarro, alejado años luz de las dificultades del común de los mortales, pero presumen de postulados de izquierdas. Las contradicciones son tan escandalosas que uno se pregunta dónde ha quedado el espíritu crítico de la sociedad. Algunos viven en Estados Unidos donde la tributación es mucho menor que en España, poseen sociedades de inversión mobiliaria para no tributar, usan centros sanitarios privados de lujo, educan a sus hijos en colegios o internados privados, tienen coches de gran cilindrada altamente contaminantes, son consumistas compulsivos. ¿Cómo se atreven a hablar de justicia social, de ecologismo, de brecha salarial, entre otros temas, cuando son parte de la minoría privilegiada de una sociedad tremendamente injusta?
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