En plena reclusión por la pandemia del covid-19 se sigue escuchando el reiterado mantra de que la sanidad española es de las mejores del mundo, y se eleva a sus miembros a la categoría de héroes. ¿Recuerdan aquello que dijo Rodríguez Zapatero en 2007, que España estaba en la “Champions League” de las economías mundiales, justamente antes de la terrible crisis que tan traumáticamente tuvimos que superar? Ese triunfalismo hueco pronto se pone en evidencia. Yo soy de una opinión distinta. No obstante, deberemos esperar hasta el final de esta terrible epidemia para comparar los resultados de los sistemas sanitarios de diferentes países. Solo entonces, a la vista de los resultados comparados, se podrá juzgar los aciertos y fracasos de nuestros políticos y del cuerpo sanitario público.
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Instalados en los políticamente correcto, no hay un solo periodista que, a la menor oportunidad en cualquier tertulia televisiva, no haga alusión a las supuestas virtudes de la sanidad pública española. Si el interpelado es un político que ha sido paciente directo de la sanidad pública, entonces su alabanza del trato recibido y de la excelencia de sus profesionales es general, con independencia de su color político. Es evidente que el trato dispensado a estos privilegiados nada tiene que ver con el que recibe el ciudadano corriente, que no disfruta de habitaciones VIP, ni pruebas rápidas o profesionales prestigiosos para atenderlos, entre otras exquisiteces. Sus rostros son conocidos, y como decía G. Orwell, “todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. El común de los mortales va grabando estos mensajes de alabanza del sistema sanitario en su subconsciente, como una campaña publicitaria constante en el tiempo, acabando por asumir como cierta esa supuesta excelencia. Esta propaganda, tanto directa como subliminal, neutraliza su capacidad de crítica frente a una corriente impuesta desde la progresía de lo políticamente correcto.
Las ocasiones en que he tenido que acudir al servicio de urgencias de un centro hospitalario público, tanto con mis padres como yo personalmente, me produjeron una impresión totalmente opuesta a esta imagen idílica de eficiencia que se pretende trasmitir.
Los ciudadanos acudimos normalmente al servicio de urgencias por dos motivos fundamentales:
- - Por haber surgido un problema de salud imprevisto, y la cita de atención primaria es tan dilatada en el tiempo que no podemos esperar, necesitando una solución más rápida ante la posible gravedad de la dolencia. Estos son los casos menos graves y de fácil solución. Con la implantación de consultas más flexibles en los ambulatorios se podrían resolver muchas de estas incidencias, descargando la afluencia a los servicios de urgencias.
- - Por un posible accidente o mala evolución de una patología grave o imprevista que puede afectar a la vida o genera dolores insoportables. Estos son los problemas realmente graves y urgentes que requieren una atención rápida y efectiva.
El servicio de urgencias no da una asistencia satisfactoria en este segundo caso, que además es su función esencial. Yo tuve que acudir con mi madre a urgencias por una caída que le produjo daños en tres vértebras, con un dolor insoportable, tanto sentada como de pie agarrada a mi cuello. Creo recordar que era al final de la tarde, una hora nada intempestiva. Tuvimos que esperar más de dos horas para ser vista por un médico, además de otra hora para las radiografías, hasta que finalmente se le pudo aplicar un analgésico. El personal se movía con parsimonia, charlaba en el centro de control, pareciendo un apacible día en que había que matar el tiempo para terminar la jornada. Ninguna preocupación por los que estaban sufriendo esperando una mínima solución a sus dolores. Desde luego el estrés era algo desconocido para ellos. Uno llega a pensar que esta actitud es deliberada, para que cansado de esperar, la próxima vez el paciente desista de acudir al servicio de urgencias. Lo grave es que, como en el caso relatado, no hay otra alternativa.
El ejemplo expuesto no es un hecho aislado, por desgracia he tenido que acudir con mi padre, ya fallecido hoy en día, pero paciente entonces con un linfoma, llegar a una sala de espera abarrotada, con gente sentada incluso en el suelo, aparcado en una camilla rodeado de otra mucha gente, esperando más de tres horas para ser atendidos, sin que el personal de urgencias mostrara la más mínima diligencia que los despertara de su parsimonia habitual. Ingresado mi padre en el centro hospitalario, la noche de su fallecimiento, la enfermera de guardia en la planta fue llamada por mí varias veces ante la gravedad que observaba en la evolución del estado de mi padre. En lugar de acudir la enfermera, en varias ocasiones vino solo la auxiliar para decirme que era normal, que esperara a la mañana siguiente. Era una noche tranquila en la planta, sin ningún movimiento que denotara urgencia ni movimiento en ninguna habitación, salvo la de mi padre. Es evidente que la enfermera estaba durmiendo. Cuando ya vi la situación como crítica exigí un médico, y entonces finalmente vino la enfermera, accediendo a llamar al médico, pero solo para ver morir a mi padre. Las reclamaciones posteriores no surtieron el menor efecto, negándose incluso el centro a identificar los datos de los profesionales que estaban de guardia ese día en la planta, incumpliendo la obligación de todo empleado público a identificarse. Esta negativa de información llegó al extremo de incumplirla incluso cuando les fue requerida por el Justicia de Aragón, ante el cual presenté mi queja después de agotar las vías de reclamación administrativa. Como apreciación general, las veces que he tenido que acudir al servicio de urgencias me ofrecen una impresión decepcionante: el 60% de las veces el trato recibido fue deficiente, el 20% aceptable y solo el 20% bueno.
Los médicos tratan a los pacientes desde una posición prepotente, como si éstos no tuvieran ningún conocimiento y no percibieran su incompetencia en numerosos casos. La realidad es que cualquier titulado universitario, inteligente, con la formación sobre anatomía aprendida en el bachillerato, y la información específica que hoy en día se puede recabar en publicaciones monográficas, tiene la información suficiente para discernir los errores cometidos por los facultativos. Cualquiera que trabaje en empresas medianamente organizadas y eficientes puede apreciar la evidente desorganización y deshumanización en la sanidad pública. Si no se gestiona la sanidad pública con criterios organizativos empresariales, nunca se conseguirá su eficiente funcionamiento por mucho gasto que se haga. ¿Cuándo nos daremos cuenta que la eterna demanda de más recursos lo que frecuentemente esconde es la pura incompetencia del sistema?
El entorno de los profesionales de la sanidad pública en los centros sanitarios es lo más parecido al ambiente de los años de facultad, asistiendo a clase o al bar para charlar tranquilamente un rato, despreocupados e insensibles a los pacientes que están esperando el alivio de sus dolores y solución a sus males. Los pacientes son para ellos objetos incómodos que justifican un puesto de trabajo, pero que en nada deben alterar su tranquila, holgada y corta jornada de trabajo. De vez en cuando trasciende a los medios algún escándalo por lo clamoroso de su negligencia, de alguien que se muere esperando en los servicios de urgencias, u hospitalizado y desatendido. Hay otros muchos casos que no llegan a ser conocidos por la férrea defensa corporativa de sus profesionales y de los órganos directivos de los centros hospitalarios, como ya tuve oportunidad de comprobar con el caso expuesto de la muerte de mi padre.
Estos días de aislamiento estamos asistiendo a muestras de reconocimiento a la labor de los sanitarios con aplausos a los 8 de la tarde. En nuestro país rápidamente fabricamos héroes, que en realidad tienen los pies de barro. El personal sanitario manifiesta que está exhausto por el esfuerzo. No se puede decir que sea un trabajo agradable y es de justicia reconocer su labor y mérito. Ese hecho no puede impedir la crítica de la punible desorganización de los centros hospitalarios. Si éstos hubieran funcionado siempre con eficiencia, la maquinaria organizativa hubiera estado engrasada para afrontar situaciones de estrés como la presente, dando respuesta con solvencia al mayor trabajo sobrevenido. El hecho es que el deficiente trabajo en épocas de normalidad inevitablemente conduce al colapso en situaciones de crisis como la actual. Es como un ejército enfrentado a una guerra sorpresa sin el entrenamiento adecuado. Su derrota está asegurada.
Un sistema desorganizado en época de normalidad, sin una dirección eficiente, sin una formación adecuado, es un despilfarro de recursos injustificable. Los recursos financieros son importantes, pero su correcta utilización es aún mayor. Mucho se ha hablado de los recortes en los presupuestos, pero poco del esfuerzo adicional de los profesionales, que ha sido inexistente; es más, tengo la impresión de que ha sido dolosamente ineficiente para irritar a los pacientes, como arma política de la izquierda en defensa de la actividad pública. Como el dinero público no es de nadie, según ha manifestado de forma “magistral” la vicepresidenta Carmen Calvo, sentencia por la que pasará a la historia, pues el sector público a vivir del maná de los impuestos de la economía real sin aportar a la sociedad el servicio de calidad al que legítimamente tiene derecho. Pero quien paga las consecuencias es el pueblo, o la gente como dicen algunos, que debe conformarse con unos servicios deficientes ofrecidos por quienes dicen que los defienden, pero que en realidad viven a su costa.
Vaya por delante, que también hay buenos profesionales que se esfuerzan, pero hay otros muchos que deberían ser claramente expulsados de la sanidad. Es frustrante solicitar una cita en una especialidad, esperar seis meses para ser recibido y tener la mala suerte de encontrarse con un incompetente que está cubriendo una ausencia, o alguien totalmente desfasado en conocimientos y desmotivado cuyo único objetivo es cobrar la nómina a final de mes y esperar la jubilación. Así, son sumamente frecuentes diagnósticos equivocados, originando retrasos en la concreción de la enfermedad, de forma que cuando finalmente se identifica ya ha pasado un tiempo precioso para la curación, si por fortuna aún no es demasiado tarde, además de ocasionar un sufrimiento innecesario al paciente por el retraso sufrido. ¿Quién no ha pasado un rosario de visitas de especialistas, que se van sucediendo durante meses o años hasta identificar realmente la enfermedad o dolencia? No es de extrañar que quien pueda se contrate un seguro privado para acortar estos tiempos de espera y, sobretodo, que alguien le preste un poco de atención.
Creo sinceramente que el sistema sanitario, igual que la educación, requieren un profundo análisis crítico para adecuarlo a los nuevos tiempos. Son unos servicios esenciales e imprescindibles para que la igualdad de los ciudadanos en estos derechos tan esenciales sea una realidad. Si no mejoramos el nivel ético y profesional de quienes atienden estos servicios, la sociedad debería reaccionar exigiendo su mejora. El problema no es solo la escasez de presupuesto, sino de calidad, organización y concienciación social de sus trabajadores. El mal que corroe el sistema es la clase política que, tanto en la oposición como en el gobierno, no se atreve a afrontar la modernización del sector público, que representa más de 2.500.000 votantes, que los hace intocables. Por otra parte, los políticos son el epítome del parasitismo, por lo que poco podemos esperar que ellos lo erradiquen.
La gestión de la actual crisis del covid-19 ha sido un total despropósito hasta el presente. Cuando ya se conocía lo ocurrido en China, y en la más próxima Italia; cuando la OMS alertaba de la peligrosidad de la expansión mundial del virus y recomendaba el aislamiento de la población; cuando ya se habían producido las primeras muertes y los casos detectados empezaban a duplicarse cada día, aquí en España, el supuesto comité de “expertos” manifestaba que no había que preocuparse, que todo estaba bajo control. Cuando ya los casos empezaban a ser inquietantes por su crecimiento exponencial, todavía el fin de semana del 7 y 8 de marzo se permitieron partidos de fútbol, conciertos, o las manifestaciones multitudinarias del día de la mujer. El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón, llegó a decir en rueda de prensa que él no pondría ninguna objeción a que su hijo asistiera a la manifestación. Este hecho sería suficiente para el cese inmediato de este comité, porque, o nos han mentido descaradamente por motivos políticos, o son claramente incompetentes. No hace falta ser ningún experto para, a la vista de lo ocurrido en otros países, saber la tendencia esperada para España.
Los días fueron pasando, y los supuestos expertos seguían en el limbo, sin hacer nada. Nada de comprar material de protección para los sanitarios, nada de comprar respiradores, nada de ampliar la capacidad de camas, como si el hecho de que China hubiera construido, ya desde el 5 de febrero, hospitales exprés con 10.000 camas no fuera un anticipo de lo que nos esperaba. Ahora, en plena crisis, no tenemos camas suficientes, y habrá que decidir quién tiene que morir porque no hay respiradores para todos. El colapso actual es la consecuencia de la ausencia de decisiones acertadas. La inacción ha sido la regla, y cuando se decide es tarde y alocadamente sin ningún criterio, como una gallina sin cabeza. Cuando se dará cuenta la sociedad que si elige políticos incompetentes solo puede esperar incompetencia. A todo ello hay que sumar la absurda descentralización por comunidades autónomas. Con tanto desgobierno, finalmente cada una va por libre, y sálvese quien pueda. Las autonomías que tengan más recursos conseguirán más medios materiales que las menos ricas. ¿Dónde queda la solidaridad y la equidad en la distribución de los recursos?
El retraso de al menos dos o tres semanas en actuar nos ha conducido a una situación comprometida. La demanda de todos los medios de protección y de respiradores se ha desbordado a nivel mundial, siendo casi imposible su compra. Los elementos que se consigan serán previsiblemente a precios desorbitados, además de que los países productores darán prioridad a sus propias necesidades, o incluso preferencias de venta según áreas de influencia. La producción de los respiradores en nuestro país debería ser técnicamente posible, pero lleva tiempo y hay que contar con el aprovisionamiento de los componentes necesarios en un mundo altamente globalizado. En este festival de la incompetencia hay que apuntar también a los medios de comunicación que servilmente siguen las consignas oficiales sin la menor sombra de discrepancia o crítica.
Así pues, no puedo estar de acuerdo con la consideración de héroes de unos profesionales de la sanidad, que no hacen más que cumplir con su deber, que cuando han podido, en circunstancias normales, no se han preparado para afrontar organizadamente y con eficiencia situaciones de estrés, que tarde o temprano siempre llegan. La consecuencia es que lo pagaremos con muertes innecesarias y potencialmente evitables.
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