La Unión Europea como tabla de salvación 2020/04/15
Las consecuencias económicas derivadas de la pandemia del covid-19 van a ser devastadoras. El desempleo va alcanzar niveles nunca vistos, con unas ayudas públicas posiblemente insuficientes y seguramente injustas en su distribución. En situaciones de profunda crisis económica, como es la actual, la recaudación fiscal adicional aumentando la presión sobre los contribuyentes es muy limitada por estar ya a niveles confiscatorios. Por otra parte, la caída de la actividad económica, con la consiguiente reducción de los rendimientos empresariales, provocarán una drástica disminución de los ingresos fiscales.
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En un panorama presupuestario semejante, en el que los ingresos han disminuido acusadamente y las necesidades de recursos se han disparado al alza para atender a las necesidades personales y económicas de la sociedad, solo queda una salida para evitar el colapso social, no siendo otra que incrementar el endeudamiento. Es bien sabido que solicitar un préstamo supone, en esencia, el diferir un problema, ya que ha de ser devuelto una vez superada la emergencia que cubre, además de soportar la carga financiera de los intereses. Partiendo de una situación financiera equilibrada, el endeudamiento coyuntural no supone un gran problema, pero lamentablemente este no es el caso concreto de España, donde la deuda pública actual ya roza el 100% del PIB, cuando el límite máximo establecido en el pacto de estabilidad de la zona euro es del 60%. A los niveles del endeudamiento actual de España serán pocos los inversores que confíen en la posibilidad de recuperar su dinero si adquieren deuda pública española. Consiguientemente, la única vía posible de financiación se reduce a apelar a la solidaridad europea, para que sea la propia UE a través de sus mecanismos financieros quien preste el dinero, o avale o compre la emisión de la deuda española.
Es una quimera pensar que esta crisis se va a solventar sin sufrimiento para la población en general. La cuantía de los recursos financieros necesarios es enorme y la respuesta europea necesariamente será limitada, lo que provocará la insatisfacción de los peticionarios. Como en ocasiones anteriores, surgirán las irresponsables voces populistas cuestionando la pertenencia a Europa como si ésta fuera la responsable de nuestros problemas y no parte de la solución. Seguirán luego cargando las culpas en las instituciones europeas por su rigidez en el cumplimiento de las normas que globalmente nos hemos dado de disciplina presupuestaria como integrantes de la zona euro. Las recriminaciones continuarán ante las necesarias exigencias de austeridad a cambio de la ayuda aportada, exigencias que básicamente consistirán en exigir el equilibrio presupuestario, ajustando nuestro gasto a nuestros ingresos reales.
Nadie presta dinero a quien no lo va a devolver, ya que eso sería pura y llanamente una donación. Es evidente que el que presta un dinero es con la intención de recuperarlo y, por consiguiente, el deudor le tiene que ofrecer garantías de devolución. Todos sabemos diferenciar entre un préstamo y un regalo. La demagogia populista en su delirio comunista pregona que el dueño del dinero tiene la obligación ayudar, bien mediante una donación o como préstamo sin ninguna exigencia, de forma que, si al final no se puede pagar, pues se condone. Estas condiciones nunca serán aceptadas por las economías saneadas, que precisamente lo son por una buena administración de sus recursos. La ayuda que se preste a España necesariamente estará sujeta a cumplir ciertas condiciones que, en síntesis, consistirán en gastar en lo necesario y recortar en lo superfluo, para volver lo antes posible al necesario equilibrio financiero.
Desde el momento en que se recorte algún privilegio, muchas veces disfrazado de una eufemística “conquista social”, surgirán las protestas desairadas de los afectados. Si bien todos asumimos que hay que reducir el gasto, nadie quiere ser el afectado. Recordemos como fue bautizado en la pasada crisis de 2008 la política de contención del gasto, acuñando la consabida falacia del “austericidio”. En resumen, los políticos de turno, especialmente los progres social-comunistas, culparán a Europa de todos nuestros males por no regalarnos el dinero que ellos han ahorrado en los años de bonanza. Patética actitud que debería abochornarnos como país, por lo infantil del planteamiento y porque creo que el ciudadano común, cumplidor de sus obligaciones, debe tener la dignidad de la que carece la clase política más abonada al cinismo y la mentira contumaz. Una sociedad madura no admitiría la irresponsable culpabilización de Europa, y haría pagar en las urnas a sus gobernantes la irresponsable búsqueda de un chivo expiatorio exterior para justificar su propia incompetencia.
Nuestra pertenencia a la Unión Europea ha permitido la modernización acelerada de nuestro país a niveles impensables en el momento de nuestra incorporación. Las ayudas a fondo perdido recibidas para la construcción de infraestructuras de comunicaciones, equipamiento social, ayuda a la agricultura, entre otras, han sido enormes y decisivas, contribuyendo aceleradamente al incremento de la actividad económica y al bienestar general del país. La propia pertenencia al euro ha supuesto un abaratamiento de los costes financieros de la deuda pública, efecto que ya por sí solo ha sido de inmensa ayuda al equilibro de nuestras cuentas públicas, además de permitir una estabilidad de precios nunca antes conocida en España. No quiero ni pensar lo que sería de nuestra moneda fuera del paraguas que supone la pertenencia al euro.
A los políticos irresponsables, especialmente del ala izquierdista, que culpan a Europa de nuestros males, habrá que recordarles la fábula de la hormiga y la cigarra que ilustra con meridiana claridad nuestra triste realidad. La laboriosa hormiga trabaja duramente durante el verano acarreando pesadas cargas para aprovisionar su despensa y soportar el duro invierno con relativa seguridad y disfrute, mientras la cigarra canta y se divierte, riéndose de la esforzada hormiga, a la que considera una pobre currante digna de compasión, sino de burla. Llegado el invierno, la cigarra, aterida de frío y sin nada que comer se acuerda de la previsora hormiga y acude a su puerta para pedirle comida. Pero ésta no le da aquello que tan duramente consiguió ahorrar, diciéndole a la cigarra que, si en verano cantó, ahora en invierno puede bailar.
El nivel de vida y bienestar alcanzados por la sociedad española tiene unas bases muy débiles. Nuestra economía se sostiene en pilares muy endebles. El sector turístico es de importancia capital con una aportación del 12,5 % a nuestro PIB, pero al mismo tiempo es muy volátil ya que en cualquier momento puede verse afectado por crisis sanitarias, inestabilidades políticas o crisis económicas de los países emisores de visitantes. El sector primario, agricultura, ganadería y pesca ha ido reduciendo su participación en el PIB hasta un nivel testimonial de solo el 2,6%. La industria representa el 23,2% y el sector servicios 74,2% del PIB. La industria es mayoritariamente de tipo auxiliar, con una tecnología media-baja competitiva solo por precio, careciendo del liderazgo tecnológico industrial que es el que proporciona un alto valor añadido. La dependencia del sector servicios pone de manifiesto la debilidad de nuestra economía.
Los líderes políticos repiten reiteradamente durante las fases agudas de las crisis económicas que hay que cambiar el modelo productivo del país. Ese objetivo, loable en sí mismo, es un imposible esencial, salvo a largo plazo y tras un arduo camino de esfuerzo y voluntad política para hacerlo. Cuando los políticos proponen ese cambio ponen de manifiesto su total ignorancia de la economía y la descarada demagogia que supone vender al electorado un deseo, puro humo, sin presentar al mismo tiempo el duro camino para conseguirlo. En la economía del país se pueden mejorar muchas cosas a corto y medio plazo, como por ejemplo potenciar la agricultura intensiva con técnicas punteras de producción, donde Israel y Holanda son dos claros ejemplos; se puede mejorar el sector servicios en actividades financieras punteras de gran valor añadido, para lo cual se requiere una legislación adecuada que la haga competitiva y que no tenemos, pues sería contraria a la ideología progre. Esas y otras medidas son posibles y deseables, pero cambiar el modelo productivo es algo más serio.
Yendo al fondo de la cuestión, lo que da solidez a la posición económica de un país es la industria, salvo pequeños países que se convierten en centros financieros o paraísos fiscales offshore. Una industria puntera en su respectivo sector, con innovación tecnológica e investigación constante, produce artículos punteros de gran valor añadido, que son el núcleo de la actividad económica del país. Ejemplos de este tipo los podemos encontrar en los países nórdicos europeos y Alemania, Japón o Corea del Sur, entre otros. Para cambiar el modelo productivo no es suficiente la simple voluntad, ni siquiera solo inversión, hace falta el capital humano y un entorno legislativo liberal, y eso no se improvisa, es una meta a alcanzar a medio y largo plazo.
España desaprovechó el impulso económico y el espíritu de superación que existía en los años de la transición a la democracia. Los sistemas de educación socialistas, que son los únicos que han estado en vigor en la etapa democrática, obsesionados con la igualdad, condujeron a un deterioro progresivo del nivel de enseñanza, erosionando el principio de autoridad del educador, anulando el espíritu de superación y el mérito, preocupándose por las minorías en perjuicio del interés general, inculcando en los jóvenes los derechos inalienables de la constitución pero no la necesaria contrapartida de las obligaciones, solo por citar alguna de sus carencias, y donde el maná llovido del cielo no existe, sino que hay que trabajarlo cada día.
La mentalidad progre derivada de esa educación decadente condujo al menosprecio de la figura del emprendedor capitalista, que se caricaturiza presentándolo como un vampiro que chupa la sangre del proletariado, en lugar de reconocer su labor de impulsor de la actividad económica y creador de riqueza, empleo y bienestar. Nuestro país presenta la triste realidad de una izquierda que vilipendia a un emprendedor como Amancio Ortega, que de la más humilde extracción social ha llegado a construir un imperio mundial en el sector textil, y que debería ser un modelo de referencia que todo joven debiera aspirar a emular.
La izquierda ha ido creando unas generaciones hedonistas que asumieron que tenían derecho a vivir tan bien como las naciones del Norte de Europa, pero sin haber hecho el esfuerzo previo para conseguirlo. Hoy escuchamos el mantra de que tenemos una sociedad que se dice la mejor formada de la historia, pero que en realidad tiene unos titulados inflacionados, que se cuentan por millones, de un muy bajo nivel académico. El resultado es que de esos polvos vienen estos lodos. Esos titulados universitarios, poco cualificados, y además titulados en disciplinas que la sociedad no precisa, acaban trabajando como peones en cualquier actividad no especializada, frustrados en sus aspiraciones de creer que un simple diploma, altamente devaluado por el bajo nivel formativo, les daría derecho a un trabajo de privilegio. La rabia que produce ese fracaso vital no se descarga contra la política educativa seguida, o sobre una mala orientación en la elección personal de la formación adecuada a las necesidades sociales, sino que, manipulada por la demagogia izquierdista, se busca como chivo expiatorio al sistema económico, al capitalismo y liberalismo, predicando las absurdas virtudes de una economía intervenida y pública.
Después de décadas de sistemas educativos progres hay que reconocer que sus impulsores han alcanzado sus objetivos. Se ha creado una sociedad conformista en aspiraciones, aunque no en salarios, sin ambición profesional ni espíritu de superación, cuyo objetivo en la vida es ser funcionario, deportista, artista o tertuliano televisivo. Uniendo la educación politizada con los medios de comunicación manipulados y serviles, han creado el sustrato social adecuado, que es justamente el terreno abonado para que los populistas social-comunistas se hayan instalado en el gobierno con los votos de esa sociedad que ellos mismos han ido creando a la medida de sus aspiraciones. La derecha liberal, encogida con su complejo de “autoritaria”, ha dejado el terreno libre a la progresía, acompañándolos incluso en su deriva falsamente igualitaria con dejación total de su ideología liberal. La situación a la que hemos llegado solo puede conducir a que la izquierda social-comunista se eternice en el poder. Un cambio de mentalidad social requeriría décadas, tal vez una generación, hecho altamente difícil salvo un shock social imprevisto que despertara a la actual sociedad narcotizada.
Estimo que, si no hay una reacción de última hora, cosa que veo difícil, caminamos hacia una situación de empobrecimiento general, donde unos desmotivados emprendedores buscarán lugares más adecuados para desarrollar su potencial. Ya se escuchan voces en el gobierno apuntando a la nacionalización de sectores básicos de la economía, como el eléctrico y el financiero, al que seguirían otros, dando lugar a empresas politizadas, intervenidas y altamente ineficientes en manos de incompetentes colocados en la dirección por políticos igualmente incapaces. Supongo que no todo el mundo ha olvidado el resultado de la gestión de las Cajas de Ahorros gestionadas por políticos. Al final, el socialismo solo crea miseria allí donde enraíza, y esto no es una apreciación subjetiva, ya que solo hay que remitirse a la historia para ver el resultado de aquellos que lo han llevado a la práctica. Caso ejemplarizante en grado sumo es el gigante chino, que cansado de la miseria comunista se ha abierto al capitalismo más salvaje, manteniendo del comunismo solo la estructura dictatorial del poder. El cambio de sistema de Rusia y el resto de países de la órbita soviética es esclarecedor.
Tomemos a Corea del Sur como referencia. Es un país que sufrió una cruel guerra entre 1950 y 1953 que terminó con la división del país. En 1950 era uno de los países más pobres del mundo que subsistía con las ayudas de la FAO y hoy ha superado a España en PIB, ocupando el puesto 13 en el ranking mundial, con una proyección de futuro envidiable. Su sector industrial representa el 38% del PIB, los servicios el 60% y el sector primario un 2%. Las claves para conseguir ese milagro económico hay que buscarlo en su mentalidad y espíritu de trabajo y superación. Una población disciplinada desde la escuela, estimulada por la superación personal y la competitividad individual, que trasladada a las empresas explican el éxito conseguido. Sólo el trabajo responsable en todas las ramas de la actividad explica el liderazgo del que hoy goza a nivel mundial en muchos sectores industriales, como la electrónica de consumo, la telefonía, automoción o construcción naval, entre otros.
Ante la encrucijada actual de España sólo caben dos alternativas. Asumir el declive hacia un estado chavista, con progresivo empobrecimiento y deterioro de los servicios públicos y pérdida de libertades, o la reacción valiente hacia una sociedad trabajadora e ilusionada, como en la época de la posguerra, que sepa salir del pozo en el que estamos sumidos y vuelva a la senda del bienestar y la libertad individual. En nuestras manos queda depositado el destino. No culpemos a otros de las consecuencias de la elección.
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