La gestión gubernamental del Covid-19 - Una crítica y posibles consecuencias 2020/05/17
Cumplidos ya seis meses desde la identificación del virus covid-19 en China el 01/12/2019, declarado ya como pandemia desde el 11 de marzo, empiezan a vislumbrarse sus sombrías consecuencias sociales y económicas, en adición a la dramática situación en términos de salud y mortandad.
A día de hoy, en España superamos con holgura los 27.000 muertos y los 230.000 afectados. Las cifras reales agravarán estos datos, ya que hay muertos por el virus que no se computan en las cifras oficiales por no haber fallecido en los hospitales, así como infectados a los que no les han practicado los tests por carencia o escasez de los mismos, y que consiguientemente tampoco figuran en las cifras publicadas. Si se analizan los datos de defunciones inscritas en los Registros Civiles y se comparan con los normales en ese mismo período en años anteriores, se aprecia que el exceso prácticamente dobla las cifras oficiales de fallecimientos ocasionados por el coronavirus.
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A la errática, y a todas luces desastrosa, gestión gubernamental de este enorme problema sanitario se une la caótica situación médica en los hospitales. Desde la aparición del virus en España a final de enero, no fue hasta el 14 de marzo cuando se declaró el estado de alarma. A pesar de los antecedentes vistos en China, Corea, Japón, Irán e Italia, la inacción inicial provocó que el problema le estallara en las manos a nuestro gobierno, sin reacción alguna hasta el último momento, preocupados sólo por su interés partidista a corto plazo y no por el bien general. Cuando finalmente las irresponsables autoridades tomaron conciencia de la gravedad de la situación se puso de manifiesto la carencia de material sanitario, faltando hasta lo más básico de los equipos de protección individual (EPIs) para el personal sanitario, como mascarillas y batas, sin hablar de los esenciales respiradores y tests de detección de la enfermedad.
La situación en los hospitales ha sido caótica, por no decir dantesca, con pacientes hacinados en los pasillos o el suelo en algunos hospitales. Cualquier observador con cierta experiencia en la gestión y organización empresarial observa que ha habido más voluntad que eficacia. Es como una orquesta donde cada maestro toca a su ritmo, pero descompasados en cuanto grupo porque falta la necesaria organización y coordinación para que el conjunto se acompase al ritmo de la batuta y funcione de forma armónica.
La defensa a ultranza de la sanidad pública, que yo no discuto, se pone en entredicho a la vista de la ineficiencia demostrada. Tan alarmante e inexplicable es el número de muertos en comparación con la proporción que muestran el resto de países europeos, como escandaloso es el número de profesionales de la medicina contagiados. Mucho se luchó contra la gestión privada de centros sanitarios públicos, satanizando su gestión y achacando todas las carencias de la asistencia sanitaria pública a los recortes presupuestarios derivados de la crisis económica de 2008. La caótica situación actual creo que es una oportunidad para la reflexión. No achaquemos las ineficiencias organizativas solo a la carencia de medios, cuando en muchos casos es una excusa sindical para conseguir más privilegios a un estamento ya de por sí muy privilegiado y encubrir la desorganización y falta de voluntad para optimizar los siempre escasos recursos públicos disponibles.
En los hospitales se han tomado decisiones de guerra, decidiendo quien ha de morir o a quién se le da una oportunidad. No había respiradores para todos, y se eligió a los más jóvenes para sobrevivir desestimando cualquier otro criterio no discriminatorio. Es triste e inaceptable haber llegado a este punto por falta de previsión. También es el momento de ver el fondo moral del sistema.
Frits Rosendaal, jefe de epidemiología clínica del Centro Médico de la Universidad de Leiden(Holanda) manifestó: “En Italia, la capacidad de las UCI se gestiona de manera muy distinta (a Holanda). Ellos admiten a personas que nosotros no incluiríamos porque son demasiado viejas. Los ancianos tienen una posición muy diferente en la cultura italiana”. El primer ministro Mark Rutte defendió esa postura en la reunión extraordinaria del Consejo Europeo del pasado día 26. Ese enfoque materialista es compartido por los países del norte de Europa. Por otra parte, en plena crisis del coronavirus ya hemos oído a algún representante de Podemos decir que esta plaga es "un aviso de la naturaleza de que estamos llenando la Tierra de muchas personas mayores y no de jóvenes". De ahí a la eutanasia por motivos económicos hay solo un paso.
La focalización de la izquierda en los jóvenes es bien conocido. El adoctrinamiento comienza en la escuela con planes de estudio creados exclusivamente por los socialistas, los únicos que han estado en vigor desde hace cuarenta años en España. La nefasta política igualitaria con la desacreditación de la meritocracia, igualando por abajo, la degradación de la autoridad del maestro y unas enseñanzas llamadas progresistas, que algunas veces rayan la perversión de menores, nos ofrecen ya hoy en día una sociedad carente de espíritu de superación y moralmente carente de valores. La propia inexperiencia de la juventud, unida al idealismo de quien nada tiene y aún no ha aprendido las reglas de la lucha por la vida que se adquiere por propia experiencia, hace que sean fácilmente atraídos a posiciones utópicas y demagógicas. Se les promete la cobertura de todas sus necesidades por parte del Estado, sin tener que aportar nada a la sociedad. Salud, educación, vivienda y salario mínimo vital pagados por el Estado, además de otra pléyade de subvenciones a asociaciones o individuales de las CCAA y ayuntamientos. Esta Arcadia feliz tiene un coste que ha de ser sufragado por los impuestos de los emprendedores que son los creadores de la riqueza real. Si se desincentiva el emprendimiento no se crea riqueza y se termina por socializar la pobreza. Es bien expresiva la cita atribuida a Winston Churchill “Quien a los 20 años no es revolucionario no tiene corazón, quien a los 40 lo siga siendo, no tiene cabeza”. Lamentablemente en la sociedad española hay muchas cabezas vacías después de tantos años de adoctrinamiento y lavado de cerebros.
Las mentiras del gobierno, a través de las distintas intervenciones públicas concernientes a la epidemia que nos afecta, son clamorosas. Retrospectivamente se han resumido las contradicciones, falsedades y rectificaciones, tanto de los órganos políticos como de los comités pseudocientíficos, que ruborizarían al más taimado de los hipócritas. El presidente del gobierno Pedro Sánchez, el ministro de sanidad, Salvador Illa, y el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón, comparecen casi diariamente en TV para explicar la evolución de la pandemia y las medidas adoptadas. Mienten con el mayor cinismo, falsean estadísticas y ocultan datos, todo ello con el mayor descaro. No voy a repetir aquí todas las mentiras y contradicciones que han sido ampliamente denunciadas en las redes sociales, perfectamente acreditados por la hemeroteca y con datos contrastados ajenos a cualquier fake news o bulo.
Una vez más, la inmensa mayoría de la prensa escrita y las televisiones generalistas se pliegan a la voluntad del gobierno, acallando las críticas de la oposición y justificando machaconamente la acción del ejecutivo, siempre con el falaz argumento de que hay que arrimar el hombro. Es evidente que la epidemia es un problema de todos, y a todos concierne su solución, pero es mucho pedir que se apoye y justifique a unas autoridades que mienten y alteran los datos diariamente, y que dan muestras evidentes de desgobierno solo explicable en un equipo sin la capacidad necesaria y cegado por el fanatismo y la ambición de poder.
El gobierno cuenta con la posibilidad de crear comités de auténticos expertos independientes, pero se escuda en pseudoexpertos adeptos al partido, que demuestran su ineptitud a la vista de los resultados ofrecidos. Sin que sea un tópico, ¿cómo se puede comparar el supuestos comité creado por Fernando Simón compuesto por hombres adeptos al partido y de identidades no reveladas, sin ninguna acreditación científica, con el alemán, que está formado por reconocidos hombres de ciencia de acreditada valía en cada una de sus ramas de especialidad, presididos por Christian Drosten, perfectamente identificables y no ocultos como ocurre en el caso español? No se puede pedir el apoyo de la oposición cuando al mismo tiempo se la está engañando y acusando de las consecuencias de las propias ineficiencias. Afortunadamente hoy en día existen las redes sociales en internet. Evidentemente abundan los bulos, especialmente de quienes defienden la indefendible gestión del gobierno, pero para un lector medianamente avispado y no dogmatizado no es difícil discernir el grano de la paja.
El que los políticos mientan, en nuestro país, lamentablemente se toma como lo más natural que a nadie extraña, y lo que es peor, que no escandaliza socialmente. Lo que en otros lugares más serios y maduros de nuestro entorno sería motivo de dimisión, aquí no pasa de un alboroto momentáneo que pronto es tapado por otro escándalo posterior, o por una cortina de humo creada al efecto para que quede olvidado en unos pocos días. Siendo la catadura moral de los políticos un gran problema, lo que realmente desazona, es que los ciudadanos a quienes se estafa con la mentira lo asuman como natural e inevitable. La única explicación que encuentro es la degradación moral de nuestra sociedad en su conjunto, motivo de reflexión paro otro artículo. Teniendo en cuenta que los políticos son una extracción de la sociedad que los eligió, representan la muestra de la propia sociedad, que difícilmente podrá excusar su participación en las consecuencias del desgobierno de aquellos a quienes eligió en las urnas con su voto.
Tenemos un gobierno de ineptos, cínicos, arribistas y fanáticos, abanderando una ideología trasnochada, fracasada y totalitaria, apoyado por socialistas, comunistas, independentistas, regionalistas y filoterroristas. Este gobierno, controlando los medios de comunicación, infectados de la progresía más reaccionaria, y convenientemente regados con subvenciones y prebendas, no dudará en imponer un recorte de libertades para imponer su ideología si eso los afianza en el poder, sin el menor escrúpulo sobre los males que pueda acarrear al pueblo que le votó. La pasividad ante esa soterrada demolición social puede suponer que cuando la sociedad tome conciencia de la realidad ya sea demasiado tarde para retroceder. La estrategia es bien conocida por los regímenes marxistas, que empiezan recortando derechos básicos justificados como necesarios para satisfacer las necesidades del pueblo que ellos mismos han causado con sus políticas populistas. Poco a poco el nuevo régimen se va afianzando en el poder, modificando soterradamente el entramado jurídico para eternizase en el poder, llegando al punto en que se hace imposible su sustitución por vías democráticas. Ha ocurrido con todos los totalitarismos de cualquier signo. Hoy tenemos un claro ejemplo en Venezuela y en otros varios países, del que es ejemplo el frustrado intento de Evo Morales en Bolivia, pero desbaratado por la reacción del pueblo.
Ante el grave riesgo al que nos enfrentamos, y al peligro de no reaccionar, me viene a la mente un poema atribuido Bertolt Brecht, aunque la idea original es del pastor protestante Martin Niemöller, y cuyo texto se encuentra grabado en un monolito en el New England Holocaust Memorial in Boston, Massachusetts. Se compuso ante la progresiva escalada de abusos del régimen nazi, aunque evidentemente es aplicado a cualquier totalitarismo.
"Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí, pero para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada"...
Abundando en esta idea del peligro de los totalitarismos y de la apatía e indiferencia social, el filósofo y político irlandés Edmund Burke también sentenció:
"Lo único necesario para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada".
En mi opinión, el control de la epidemia es prioritario, ahora bien, después de dos meses largos de confinamiento, en el que han faltado los necesarios tests masivos, toca apelar a la responsabilidad individual para el adecuado control de la epidemia, reconquistando la libertad perdida. Tan malo es la irresponsabilidad de algunos que ignoran el peligro, como la neurosis de otros que desearían estar aislados en una burbuja. La seguridad absoluta no existe, y todos tendremos que aprender a convivir con la epidemia como lo hacemos con el cáncer, los accidentes de coche, la gripe estacional, los infartos y otros tantos acontecimientos y enfermedades que cada año siegan cientos de miles de vidas, o incluso millones, y en los que no pensamos en el día a día.
Se deben prohibir los actos que supongan concentraciones masivas, pero dando libertad de movimiento para la actividad económica, paseos, compras, deporte individual y actividad social no masiva, exigiendo mascarilla en todo tipo de establecimientos cerrados y actos sociales, guardando las medidas de distanciamiento social, extremando la higiene personal y lavado o desinfección de manos. Estas simples medidas basadas en la responsabilidad individual, unidas a una política de tests masivos ante cualquier tipo de brote que permita detectar, no solo los casos graves sino también aquellos asintomáticos o con un curso leve de la enfermedad, es lo que ha permitido a Alemania frenar el desarrollo del virus sin apenas coartar la libertad de sus ciudadanos. Si fuera necesario, también habría que implantar un seguimiento o monitorización de los movimientos individuales a través de los teléfonos móviles para identificar posibles contactos o personas infectadas, como ya hacen en China y Corea. La gravedad de la situación justificaría la pérdida transitoria de la intimidad individual que supondrían esos controles.
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