2020-06-05

Las manifestaciones por la muerte de George Floyd


Las manifestaciones por la muerte de George Floyd                                   2020/06/03

El 25 de mayo de 2020, el estadounidense de raza negra George Floyd, de 46 años, murió asfixiado por la rodilla de un policía que lo mantuvo inmovilizado en el suelo durante más de 8 minutos. El detenido negro, de gran estatura, estaba totalmente inmovilizado y esposado, advirtiendo a los policías que no podía respirar. En el incidente colaboraron otros tres policías, dos de ellos participaban en la inmovilización y un cuarto controlaba a los curiosos.

La escena, aislada de cualquier otro contexto, es dramática. Muestra un ejercicio de violencia por parte de la autoridad injustificado y desproporcionado a la situación, de la que no se desprende ningún riesgo para los agentes, si bien desconozco los hechos previos que desembocaron en la inmovilización. El responsable directo, el policía Derek Chauvin, ha sido detenido y acusado de homicidio en tercer grado.

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 La escena de la detención y asfixia de George Floyd fue grabada por los omnipresentes teléfonos móviles, difundida por las redes sociales y ampliamente recogida en todos los medios de comunicación, tanto escritos como televisivos. La reacción ha sido inmediata e incendiaria. Amplias protestas en las mayores ciudades de Estados Unidos y del resto del mundo, manifestándose contra la brutalidad policial y la marginación de los negros americanos. Este levantamiento popular, en muchos casos, ha derivado en violentos enfrentamientos con la policía, vandalismo contra negocios y saqueo de establecimientos. La situación ha exigido la promulgación del toque de queda en muchas ciudades y la intervención de la Guardia Nacional.

Expuestos los hechos escuetamente, no es mi intención informar de los detalles, misión que corresponde a la prensa profesional. Las reacciones producidas por los hechos descritos, de inusitada violencia, estimo merecen una seria reflexión.

La sociedad actual del mundo desarrollado lleva disfrutando de 75 años de paz, salvo algunos conflictos localizados lejos de su bienestar diario. El nivel de satisfacción que hasta el más modesto trabajador tiene hoy en día en esta sociedad de consumo, donde la abundancia y el derroche no son valorados en su justa medida, hace que millones de personas de países menos desarrollados sueñen con disfrutar de lo que ven como un paraíso, acudiendo ilegalmente en busca de un modo de vida mejor, incluso, arriesgando su vida para ello.

Esta sociedad alegre y confiada ha creado una educación acorde con su vivir hedonista, ideada por teóricos intelectuales burgueses que poco o ningún contacto han tenido con la vida del común de los mortales. Llegaron a la brillante conclusión de que la meta primordial de la educación debe ser la felicidad de los niños y no su preparación para su vida de adulto. Los niños son los reyes de la sociedad, gozan de todas las comodidades y caprichos en sus casas y centros escolares, con clases confortables con todo tipo de material para actividades artísticas y creativas, gimnasios, campos de deportes, teatro, biblioteca, sólo por citar algunos. Se les mandan pocas tareas porque ello les resta tiempo de ocio. No se les suspende porque ello puede suponer un trauma para quien no ha trabajado suficiente. Se exige poco, porque hay que conseguir la igualdad de oportunidades, y no estaría bien que algunos destacaran. Los maestros están desprovistos de toda autoridad, ya que tienen que ser colegas de los alumnos y no superiores con autoridad sobre su educación. Se les enseñan todos sus derechos sociales y familiares, pero poco de responsabilidad social y de las consecuencias de su incumplimiento. Si los maestros tienen poca autoridad, los padres están en situación parecida, ya que la sociedad censura a quien no sigue esta corriente permisiva. Si un padre encierra a una niña rebelde para que no salga de noche a drogarse o emborracharse en un botellón, es acusado de violencia y castigado penalmente.

El resultado de este sistema educativo, que prepara niños para ser felices en un mundo ideal inexistente, es la sociedad actual, cuyo comportamiento considero que es motivo de preocupación. En la escuela no se enseña a los niños a enfrentarse a la vida real, donde es evidente que pocos pueden conseguir su sueño de ser deportistas de élite, actores, o cantantes convertidos en estrellas, o tertulianos en programas de telebasura. Niños que no se han disciplinado para hacer sus tareas y esforzarse por aprender el programa educativo, no adquieren el sentido de sacrificio que casi toda actividad profesional requiere. Titulados universitarios, de carreras donde cada vez se estudia menos, porque los conocimientos están disponibles en la red, tienen títulos devaluados que no abren ninguna puerta en la vida real, careciendo de la actitud y espíritu de superación y sentido de la responsabilidad que es lo realmente valorado por las empresas. Lo que toda organización busca es un equipo donde sus miembros resuelvan problemas con sentido práctico y no justificaciones de por qué no se pudieron resolver.

El resultado de este sistema educativo vigente, tremendamente caro e ineficiente, son unas generaciones escasamente preparadas, egoístas, frustradas en sus expectativas, recibiendo salarios de subsistencia en trabajos que no requieren ninguna especialización y receptivas a cualquier canto de sirena que les prometa el paraíso de un primer salario, sin experiencia previa, de 2.000 euros para empezar, horario flexible y bajo un contrato fijo e indefinido. Bien entendido que no pretendo decir que una educación decimonónica es el ideal, pero el sentido común debe hacer pensar que otra educación es posible, donde se enseñe a los alumnos el trabajo en sus tareas, la disciplina, la superación, la responsabilidad, la solidaridad, además de elevar el nivel de enseñanza real y, sobretodo, desarrollar el espíritu crítico y racional, en lugar de la aceptación ciega del adoctrinamiento a que hoy están sometidos, en definitiva, preparar a los niños para la vida adulta.

Cada vez que la prensa sensacionalista olfatea una noticia con alto contenido emocional, que adecuadamente aderezada constituye un generoso filón para ganar audiencia, puede dar lugar a disturbios sociales, que sólo se pueden explicar por la existencia de una sociedad receptiva, alienada y frustrada, con grandes dosis de sensibilidad emocional pero carente de todo filtro de crítica racional. La noticia se difunde por las redes sociales como la pólvora, donde grupos minoritarios aprovechan la situación para elevar el caso particular a una causa general, y arrastrando a un numeroso grupo a exteriorizar su descontento, desbordando su frustración en ira contra la sociedad que les prometió un paraíso que no alcanzan a conseguir. Los medios de comunicación, sabedores de que la sociedad está cada vez más alienada y se mueve por sentimientos y no por razonamientos, aprovechan cualquier acontecimiento que mueva a la compasión o pena, especialmente si afecta a una minoría étnica o social, pero siempre que se ajuste a lo aceptado como políticamente correcto, para desatar la rabia ante la supuesta injusticia y el consiguiente movimiento social de protesta. Estas explosiones de ira colectiva son convenientemente manipuladas por unos líderes espontáneos, generalmente procedentes de las élites burguesas, desarraigados y sin voluntad de asumir un trabajo responsable, que aprovechan la situación para ejercitarse en el dominio demagógico de las masas con poéticas proclamas para conquistar el paraíso al que creen que tienen derecho, aun no habiendo hecho un trabajo efectivo para conseguirlo. Estas explosiones sociales se retroalimentan convenientemente por los medios de comunicación durante unos días hasta que se agota y surge, o se provoca, el siguiente drama que sustituya al precedente.

Ejemplos de estos movimientos de masas movidas por sentimientos nobles, sin ningún análisis crítico, son los actos violentos de protesta por el homicidio de George Floyd, como lo fueron antes por los inmigrantes ilegales llegados en patera, aderezado adecuadamente con la oportuna imagen de un niño ahogado en la playa, sin cuestionarse la irresponsabilidad de la madre que lo puso en esa situación, muy posiblemente intencionada, para conseguir el acogimiento a su llegada, o el movimiento ecologista de Greta Thunberg, el movimiento LGTBI, el feminismo radical, protestas por determinadas sentencias judiciales que afectan a casos de violencia de género y otros similares.

Los medios de comunicación generalistas, que hace tiempo han perdido toda credibilidad, están movidos por el objetivo de maximizar su beneficio, ajenos a todo planteamiento ético. Este beneficio puede ser alcanzado de forma inmediata mediante la explotación del sensacionalismo más rastrero, o con un posicionamiento ideológico, más o menos expreso, con el poder político partidista para obtener un beneficio diferido una vez que aquellos a quienes apoyan lleguen al poder con su ayuda y les compensen generosamente. Los profesionales de los medios, cada vez con menor nivel intelectual, opinan de todo, pero no saben de nada, siguen la cómoda corriente en boga, retroalimentándose unos a otros. Conocen muy bien que hay una tendencia al gregarismo en la sociedad, que, aunque muchos puedan criticar la tendencia vigente, difícilmente lo manifiestan públicamente para oponerse al movimiento que creen mayoritario. En consecuencia, todos beben de las mismas fuentes y siguen la misma corriente, alimentando la corriente mayoritaria. Cuando tímidamente surge la discrepancia a la línea en boga, ya que son pocos los que se atreven a manifestarla, son rápidamente acribillados con insultos y descalificaciones, que el rebaño general acepta como ciertos, ya que su capacidad crítica ha sido totalmente laminada.

Observando a los participantes en las protestas por el homicidio de George Floyd, se ve que son gente joven, estudiantes idealistas, y toda la cohorte de antisistemas violentos, junto a delincuentes, y siempre acompañados de una minoría de bienintencionados que les confiere la apariencia de una cierta honorabilidad. Como siempre, hay suficiente masa de gente frustrada en sus expectativas vitales dispuestos a reventar el sistema bajo la excusa de defender la justicia y la democracia, pero que en realidad esconde la verdadera cara de lo que hay detrás: frustración, marginación, delincuencia.

El estado liberal de derecho se basa en la división de poderes, donde el monopolio de la fuerza reside en el Estado. Es éste quien legítimamente la ejerce para defender a la sociedad de sus enemigos, tanto internos como externos, contando para ello con el ejército y las fuerzas de seguridad. También aquí debemos reflexionar sobre los comportamientos de los actores del suceso. En la sociedad hay muchos hombres y mujeres malos, violentos, sin escrúpulos ni piedad, dispuestos a cometer cualquier delito o crimen, porque nada tienen que perder, y sin mucho miedo a las consecuencias de sus actos. Son conscientes de que en una sociedad buenista, como la nuestra, la condena en la que puedan incurrir, incluso un crimen, en el peor de los casos, suponen unos pocos años de cárcel efectivos. El criterio vigente de que la cárcel es para rehabilitar y no para castigar, hace que las condiciones de vida de los internos sean muy dignas, en ocasiones incluso mejores que su vida en libertad, donde solo comprometen su reclusión. Aunque la mayoría de las veces estas noticias se omiten, algún caso aflora a la superficie donde escandalosamente algunos criminales deleznables salen en libertad para volver a reincidir y a sacrifica a algún inocente, que para esta nuestra sociedad hipócrita es menos valioso que el criminal que liberan. El crimen resulta muy barato en nuestras sociedades, donde el supuesto derecho a la rehabilitación justifica el dolor de las víctimas que nunca podrán recuperar la vida.

Los policías son quienes se tienen que enfrentar con esos peligrosos delincuentes, que no los reciben precisamente con flores, que ponen en riesgo su propia vida muy a menudo y que requieren un carácter acorde con ese tipo de trabajo. Tienen que ser tipos duros, tan duros al menos como los delincuentes a los que se enfrentan, con la diferencia de que ellos ejercen la violencia bajo el amparo de la ley. Si alguno de éstos se excede en sus funciones debe ser expedientado y juzgado, que para eso están los circuitos que todo estado de derecho articula, tanto por la vía del control interno de los respectivos cuerpos, como por la vía judicial cuando los hechos lo requieran.

Dicho lo anterior, el homicidio cometido con George Floyd no tiene justificación de ningún tipo y debe ser castigado conforme a las leyes. Cumpliendo esa premisa, de la que no podemos dudar, tampoco se pueden justificar las protestas violentas, saqueos y vandalismo. En estos casos, donde ciertas minorías que se sienten marginadas, siempre surgen los buenistas de turno que pretenden justificar los alborotos por considerar que hubo un ataque racial. Se usan estadísticas parciales interesadas sobre el acoso a los negros por parte de la policía, sin tener en cuenta en paralelo el nivel de delincuencia que éstos registran.

La raza negra en USA, superado el injustificable estado de segregación racial que sufrió desde la abolición de la esclavitud hasta la Ley de Derechos Civiles de 1964, donde le son reconocidos todos sus derechos en igualdad con los blancos, llevan más de 50 años de integración plena en igualdad. Se han promulgado leyes que los favorecen mediante una discriminación positiva para el acceso a universidades y ciertos trabajos, con niveles de exigencia menores que para los blancos. Una vez establecidas las bases de igualdad, no podemos culpar a la sociedad del desaprovechamiento que hacen de las oportunidades disponibles. La marginación de ciertos barrios, la mayor delincuencia, la menor formación, entre otros problemas personales, no pueden justificar su falta de progreso social. Otras minorías, como son la asiática o la musulmana han progresado y se han integrado rápidamente, mientras que la raza negra no lo ha hecho. Es encomiable el esfuerzo de los progres, en especial del mundo cinematográfico, siempre tan dispuesto a abrazar causas minoritarias al más puro estilo romántico, para mejorar la imagen social de los negros, produciendo series de televisión protagonizadas por familias negras modélicas. También exigen más papeles protagonistas para actores de raza negra, e incluso directores de cine, como si el arte se pudiera crear por decreto. En fin, un exceso más de los buenistas que estiman que todos somos iguales. Si ello fuera así, no sé cómo explican los multimillonarios contratos que tienen unos pocos en la meca del cine y la vida de escandaloso lujo que exhiben. Lo preocupante es que el borreguismo social los aplaude y admira como a dioses paganos. Una vertiente más de la educación actual, heredera de Disney: todo es bueno e inocente, y donde hasta la más salvaje fiera se convierte, por arte de Disney, en una encantadora mascota. Cualquier día proponen a ¡Bambi for President!

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